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Droga para uso personal: ¿despenalizarla?

6 Junio 2009

Fernando Pascual .- ¿Cómo afrontar el hecho de que muchas personas tengan consigo droga para uso personal? El estado, ¿tiene la obligación de castigar a quienes poseen pequeñas cantidades de droga? ¿No debería más bien perseguir sólo a los traficantes y dejar tranquilos a los consumidores particulares, muchos de ellos víctimas de la drogadicción?

La pregunta se repite en diversos contextos y exige una respuesta, pues según la misma los legisladores y los gobiernos, la policía y los jueces, podrán actuar de modo tempestivo y con la eficacia que se espera para el bien de las personas y de toda la sociedad.

Es oportuno evidenciar que la “droga en el bolsillo” no se reduce a la problemática que pueda tener el consumidor (ocasional o habitual, en sus momentos iniciales o ya sumergido en la dependencia), sino que involucra de modo más o menos directo a otras personas: al productor de droga, al traficante, a los que la venden como “mayoristas” o como minoristas, a los familiares del “consumidor”, a las estructuras sanitarias (que atienden a cientos, incluso miles, de adictos), a los educadores y amigos, a los compañeros de trabajo, etc.

Además, el tema “droga” toca muchas dimensiones, físicas, psíquicas, espirituales, familiares, escolares, sociales, culturales, económicas, políticas, etc. Por lo mismo, hablar sobre el consumo personal de drogas en su dimensión legal, dejando de lado los demás contextos, es siempre algo insuficiente y parcial, aunque resulta útil centrarse en el mismo para analizarlo en profundidad. En ocasiones será posible aludir a otras dimensiones del fenómeno, pero por motivos de brevedad concentraremos la atención en la relevancia jurídica que nace del hecho de tener droga para uso personal.

Partimos de una reflexión a la que se recurre al tocar esta temática. Sabemos que no todo lo éticamente incorrecto debería convertirse en algo punible por la ley. Al mismo tiempo, todo lo que sea o pueda llegar a ser peligroso para terceras personas, y en algunos casos también para uno mismo, es no sólo éticamente incorrecto, sino también algo que va contra la justicia y el orden social, por lo que las autoridades tienen la obligación de intervenir para impedir daños y para castigar a quienes promueven o ejecutan actuaciones de ese tipo.

Expliquemos más a fondo esta idea. Existen miles de comportamientos erróneos e inmorales sobre los que el estado no tiene que intervenir. Por ejemplo, si uno es egoísta y en casa escoge siempre la fruta más sabrosa y deja la peor a los demás, si no ayuda en las tareas familiares porque prefiere “navegar” en internet, si no hace los deberes universitarios, si grita al vecino porque tiene un perro que ladra mucho…

Esas y otras muchas situaciones parecidas tienen un peso social reducido, no dañan la justicia de modo relevante. Sería absurdo proponer intervenciones policiales y juicios en los tribunales (de por sí ya saturados, en muchos países, por todo tipo de querellas) para eliminar ese tipo de comportamientos. Nadie irá a un juzgado porque no visitó a un amigo enfermo, aunque éticamente es bueno no dejar solos a quienes necesitan más ayuda. Pedir que el estado intervenga en comportamientos de este estilo llevaría, además, a una inflación del poder público que llegaría a asfixiar casi por completo la legítima libertad de las personas y de los grupos sociales.

Otros comportamientos, en cambio, implican daños sociales de importancia, hieren derechos de otras personas, promueven el desorden, alimentan la delincuencia, socavan los cimientos en los que se construye la sociedad. Ante los mismos el estado tiene la obligación de intervenir con leyes concretas y con acciones “represivas”, en orden a impedir tales comportamientos y a castigar a quienes los ejecuten.

Apliquemos lo anterior a un tema concreto: la posesión de armas de fuego. ¿Es lícito adquirirlas libremente, conservarlas en el propio hogar, o incluso llevarlas consigo en la calle, en el trabajo, en lugares públicos?

En Estados Unidos, con ciertos límites, se ha dado una respuesta más bien afirmativa a algunas de estas preguntas. Los resultados, sin embargo, no son muy halagüeños. En otros lugares, la respuesta ha sido claramente negativa en la mayoría de los casos, para evitar situaciones de peligro. Los estados “prohibicionistas” tienen que combatir, desde luego, la posibilidad de un tráfico ilegal de armas, que se concreta allí donde exista una mayor “demanda” de posesión de tales armas.

Añadimos, porque es algo que algunos olvidan y que aplicaremos al tema de la droga, que el simple hecho de legalizar la posesión de ciertas armas de fuego no elimina el tráfico y la venta ilegales de las mismas. Existen muchos productos legalizados (un caso clásico es el del tabaco) sobre los que existe todo un mundo sumamente rentable de ventas clandestinas.

No faltan quienes argumentan que impedir por ley a la gente llevar su propia pistola por la calle va contra el derecho a la autodefensa o contra el derecho a poseer y usar un bien particular. Pero el legislador de muchos estados considera que llevar armas coloca a las personas en una situación de peligro, e interviene, por lo tanto, con medidas prohibitivas, aunque esta intervención sea vista, por algunos, como “liberticida”. En realidad, lo que se busca es garantizar el bien común y la convivencia pacífica entre las personas.

El criterio de fondo en este tipo de intervenciones legislativas y jurídicas es el siguiente: el estado no puede permitir que los individuos, amparados en presuntos derechos personales, tengan pertenencias o realicen comportamientos (inclusive a través del simple uso de la palabra: es delito en muchos lugares la apología del terrorismo o del racismo) que implican peligros potenciales o daños concretos a la salud, a la vida, a la fama y a otros derechos fundamentales de algunos seres humanos. Por lo mismo, allí donde un comportamiento o un objeto particular signifique un primer paso para el desorden social, para el daño (de relevancia) de otros (a veces, también, de un mismo), es plenamente lícito, incluso es un deber ineludible, intervenir de modo represivo, sea evitando las situaciones de peligro, sea castigando a quienes violan las leyes (en el caso de las armas, a través de la tenencia, producción y comercio de armas ilícitas).

Con la reflexión que acabamos de ofrecer podemos afrontar ahora el tema de la droga, y volvemos a las preguntas iniciales. ¿Es lícito que el estado establezca leyes prohibitivas y penalice el hecho de poseer droga para uso personal? ¿No sería mejor que las leyes permitiesen a las personas particulares llevar consigo “cantidades mínimas” de drogas (estupefacientes, psicotrópicos, etc.) para uso y consumo personal?

Para agilizar el desarrollo de las reflexiones, hablaré de “droga personal” para referirme a cantidades de droga en posesión de una persona que se supone sirven sólo para el propio uso y consumo.

El camino hacia la respuesta supone una reflexión atenta sobre la posible peligrosidad social del consumo de drogas. Ha quedado claro que el estado no interviene (no debería intervenir) en aquellas situaciones éticamente reprobables que no tengan relevancia social. ¿Es tan peligrosa la “droga personal” como para justificar una intervención “represiva” contra la misma?

Es oportuno poner ante nuestros ojos los distintas niveles del problema droga. Uno de ellos sería el nivel fisiológico: analizar los componentes de las diversas drogas y sus efectos en el organismo humano. Otro sería el nivel psicológico: estudiar los efectos de las drogas en el desarrollo o “involución” de la personalidad de quienes las consumen, especialmente cuando provocan dependencia psicológica (que puede o no estar acompañada de dependencia fisiológica). Otro sería el nivel social: evidenciar en qué sentido el consumo de drogas modifica las relaciones con los demás, enrarece las relaciones familiares y de otro tipo, llevando a situaciones de enorme daño para las distintas personas que están más o menos cerca de quien vive esclavo del mundo de la droga.

El nivel social incluye también la actividad económica que permite la adquisición de la “droga personal”, actividad que, en cuanto demanda, despierta en algunas personas interesadas y hábiles el deseo de corresponder a esa demanda con la “oferta” de drogas, obtenidas por caminos, en muchos países, ilegales, con lo que implica de fomento de la criminalidad organizada (narcotraficantes, grupos terroristas financiados a través de la droga, mafias de diverso tipo, etc.). Además, el consumidor de drogas, sobre todo si se encuentra en una fase de dependencia aguda (estado de drogadicción) puede incurrir en delitos más o menos graves para conseguir el dinero que necesita para seguir comprando drogas.

Distinguir los niveles ayuda, ciertamente, a clarificar las reflexiones y a discutir de modo ordenado. Pero en el ser humano esos niveles se dan relacionados: lo que ocurre en la propia sangre o en las neuronas lleva consigo consecuencias psicológicas y comportamentales, que repercuten en la vida social, etc. Al revés, una situación de tensión familiar o de desazón psicológica puede preparar a una persona a introducirse en el mundo de la droga o del abuso de bebidas alcohólicas, provocando así reacciones en cadena que pueden agravar y empeorar la situación.

Fijémonos ahora en el nivel fisiológico. Sabemos que un alimento normal, tomado en cantidades excesivas o según la situación particular en la que se encuentre una persona concreta, puede convertirse en fuente de enfermedades o incluso provocar la muerte. El diabético, por ejemplo, es consciente de que no debe tomar azúcar u otros alimentos. ¿Son las drogas sustancias que pueden ser vistas como alimentos o sustancias “normales” para la gente en general, y sólo peligrosas para algunas personas concretas?

No es fácil responder ante la gran variedad de drogas que existen y las que puedan aparecer en el futuro. Complexivamente podemos dar una respuesta negativa: las drogas provocan importantes alteraciones en el organismo, daños a corto o a largo plazo en el cerebro, estados de alteración más o menos graves en el comportamiento. Conllevan, además, el peligro de inducir a una creciente dependencia o al paso de drogas “menos peligrosas” a drogas más peligrosas. Añadimos aquí que la distinción entre “drogas blandas” y “drogas duras” ha sido puesta en discusión y se prefiere más bien clasificar las drogas según los efectos farmacológicos y psicológicos que cada sustancia produce en el organismo humano.

Por lo que respecta a las alteraciones psicológicas y comportamentales que produce la droga, vemos cómo en muchos casos son asimilables a las que produce el exceso de alcohol. Si reconocemos que el abuso de bebidas alcohólicas ya está ampliamente penalizado en muchos lugares del mundo precisamente por la peligrosidad social que se genera a causa de las borracheras, entonces es fácil concluir que la “droga personal”, en cuanto sustancia peligrosa, exige una intervención penal en vistas a apartar a las personas de su consumo y a evitar los daños sociales que se siguen del mismo.

Desde luego, la penalización del consumo de droga implica automáticamente la prohibición de su venta, de su comercialización y de su producción, siempre que tales actividades estén orientadas a abastecer el mercado de la “droga personal”. No se excluye, lo cual toca decidir a las autoridades después de haber escuchado a los expertos en medicina, el que algunas drogas concretas puedan ser usadas (producidas, comercializadas) como sustancias farmacéuticas y con un estricto control médico y social, para evitar el que lleguen a ser vendidas con otros fines.

Respecto a la posibilidad de que algunas drogas pudieran ser vendidas legalmente en el mercado, la situación mundial nos muestra un claro predominio de la posición prohibicionista: numerosos países del mundo consideran ilegal y persiguen la producción, la importación, la venta de drogas.

Diversas conferencias internacionales han llegado a conclusiones y acuerdos claramente prohibicionistas. Podríamos evocar la que tuvo lugar en Shanghai (1909) contra el opio, sobre la que hablaremos en seguida. Otras conferencias sucesivas han confirmado la misma línea de acción. Podemos recordar las dos más recientes: los acuerdos de la Asamblea general de las Naciones Unidas de 1998, que aspiraban, de un modo idealístico, a conseguir un mundo sin drogas en el siguiente decenio; y los de Viena de marzo de 2009, claramente orientados en clave prohibicionista.

No faltan, sin embargo, propuestas y leyes a nivel de estados concretos o incluso a nivel internacional a favor de la legalización o despenalización de la “droga personal”, incluso manteniendo un marco político general “prohibicionista” respecto de la producción y tráfico de drogas.

Los argumentos que se dan a favor de estas propuestas son diversos. El primero simplemente dice que las leyes prohibicionistas en este ámbito no han solucionado nada, y que cada día son más las personas que usan la droga, sea como consumidores ocasionales, sea como drogadictos, con las consecuencias dramáticas que produce la dependencia en cada persona que incurre en esta situación (para algunos, equivalente a pleno título a una enfermedad).

Este argumento valdría si ofreciese datos concretos. La realidad, sin embargo, es bastante compleja. Hay países en los que ha disminuido el consumo de ciertas drogas, ha aumentado el de otras, etc. En Italia, por ejemplo, el número de muertes por uso de drogas llegó a ser de 1566 en el año 1996, y bajó a 516 en 2002. Si se comparan estas cifras con las cantidades de drogas secuestradas por la policía, que en 1996 retiró del mercado 1270 kilos de heroína, y 2584 kilos en 2002, se comprende que a mayor acción represiva se obtiene una menor cantidad de víctimas de la droga (cf. http://www.iss.it/ofad/docu/cont.php?id=84&lang=1&tipo=8).

Además, la historia demuestra de modo claro que la legalización de la droga ha llevado a efectos desastrosos. Bastaría con evocar la situación que se vivía en China a inicios del siglo XX, a causa de leyes por las cuales el opio podía ser comercializado y vendido con un amplio espacio de libertad en el territorio chino, leyes impuestas, en buena parte, por intervención (incluso militar) de Gran Bretaña y de algunos de sus aliados.

Se llegó, en esa época, a un consumo masivo de la droga en China y a una producción mundial de 40 mil toneladas anuales. Desde la Conferencia de Shanghai (1909) se pusieron en marcha acuerdos y leyes prohibicionistas, que lograron excelentes resultados. Actualmente (un dato de 2007) la producción mundial de opio es “sólo” de 10 mil toneladas anuales (con una población mundial muy superior a la que había hace 100 años). Es decir, el prohibicionismo redujo el consumo y, consiguientemente, redujo grandemente la producción y el tráfico de opio, que ahora se produce en su mayor parte (un 95 %) en Afganistán (un país que vive una grave situación de inestabilidad política y militar).

En otros lugares ha habido legislaciones a favor de no penalizar (o liberalizar) el consumo de algunas drogas en lugares específicos. Un caso famoso es el de Holanda, que permite desde hace décadas la venta de marihuana y hachís en lugares concretos (los “coffeeshops”), pero sin llegar a una legalización abierta de estos productos (el consumo de los mismos en la calle puede ser sancionado con multa), y en donde cada vez hay más voces que piden un cambio de estrategia hacia un prohibicionismo más duro. Otro caso es el de Suecia: se permitió el consumo de ciertas drogas en los años 60 del siglo XX, pero luego se cambió la política y se volvió a penalizar el consumo de drogas, a través de la obligación de participar en programas de rehabilitación para drogadictos.

Otro argumento que se usa para legalizar/despenalizar la “droga personal” se coloca en un planteamiento de tipo práctico o eficientista: las autoridades deberían concentrar su atención en los traficantes de droga y en los productores, y no dispersar energías persiguiendo o castigando a los consumidores, muchos de los cuales son víctimas, seres enfermos, que no pueden prescindir del uso de la droga.

Este planteamiento corre el peligro de no dar su peso a la relación que existe entre oferta y demanda, a la que ya aludimos antes. Si existe una alta demanda de droga, habrá siempre quien se esfuerce por aumentar la oferta y facilitar así a los consumidores aquello que desean. Una vez que se incrementa la costumbre de consumir sustancias tan peligrosas y adictivas como las drogas es inevitable la caída en la dependencia, con toda la serie de males que conlleva, y la demanda se dispara, para beneficio del mundo subterráneo, y muy poderoso, del narcotráfico y de la criminalidad organizada.

Al tocar este tema no falta quien evoca la experiencia prohibicionista (la “ley seca”) contra las bebidas alcohólicas en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Luchar contra la demanda a través de la ilegalización de la oferta resultó claramente ineficaz, porque la demanda “alimentó” y fomentó el que la producción y ventas de bebidas alcohólicas pasase de la legalidad a la clandestinidad.

Para responder a esta “objeción”, conviene señalar, ante todo, que una costumbre sumamente arraigada en la vida social no puede eliminarse de modo rápido y efectivo con unas leyes, aunque nazcan de muy buenas intenciones.

Al prohibir la venta de bebidas alcohólicas, no se eliminó de golpe la demanda, apoyada en la costumbre. Para atenderla, el mundo de la delincuencia, que ya existía cuando muchas bebidas alcohólicas eran legales, encontró una ocasión única para incrementar enormemente sus ganancias a través del tráfico ilegal de bebidas alcohólicas. Pero hay que recordar que los delincuentes no “perdieron su trabajo” cuando en Estados Unidos se permitió de nuevo la venta de bebidas alcohólicas. Continuaron en parte el tráfico ilegal de algunas de esas bebidas, y orientaron sus energías criminales a otros sectores (drogas, prostitución, etc.) más “rentables”. Creer que legalizar la droga es quitar fuerza a las mafias que la controlan es una utopía que desconoce la malicia de los criminales.

Hay que añadir otro aspecto que va contra la analogía de quienes comparar la prohibición de las “drogas personales” con la “ley seca”. Algunas bebidas alcohólicas pueden ser consumidas de modo moderado y según una sana disciplina, mientras que la mayoría de las drogas actúan sobre el cuerpo humano y sobre la psicología de un modo mucho más peligroso que lo que pueda hacer un uso adecuado de vino o de cerveza.

Además, el consumo “legal” de bebidas alcohólicas está sujeto en muchos lugares del mundo a restricciones y a medidas penales. Por ejemplo, hay países que prohíben la venta de tales bebidas en determinados locales, a partir de cierta hora de la noche, para los menores de edad, etc. En general, está terminantemente prohibido tomar el volante de un coche o de otro medio de transporte con un determinado nivel de alcohol en la sangre, y se imponen penas severas a los infractores. Si existe multas, e incluso cárcel, a quien conduce un coche en estado de embriaguez, ¿no resultaría paradójico permitir que los conductores pudieran tener a la mano y consumir drogas potencialmente más peligrosas que ciertos niveles de abuso de bebidas alcohólicas?

No nos dejemos engañar: ciertos usos del alcohol (y del tabaco, de un modo semejante en algunos aspectos) están fuertemente “controlados”, incluso penalizados, por numerosas leyes, en cuanto sustancias que pueden provocar daños a otras personas. Es cierto que un consumo moderado de estas sustancias puede no resultar peligroso para los demás, aunque a veces provoque daños en el consumidor. Pero aquí entramos en el punto sobre el que reflexionamos al inicio: el estado no prohíbe todo lo que sea éticamente incorrecto, sino sólo aquellos comportamientos que provocan situaciones de peligro o daños directos a otras personas o de cierta gravedad para uno mismo. El abuso de alcohol es uno de esos comportamientos que puede ser (y que ya es) penalizado por la ley. ¿No vale lo mismo para la “droga personal”?

Por todo lo expuesto, creemos posible dar respuesta a la pregunta inicial: ¿el estado tiene obligación de castigar a quienes poseen pequeñas cantidades de droga? Sí, porque la “droga personal” no sólo provoca graves daños personales, a nivel fisiológico y comportamental, sino que lleva a graves daños sociales, en dos niveles. Un nivel de daños surge desde la misma alteración fisiológica y psíquica: quien consume drogas llega con facilidad a situaciones de semi-inconsciencia o de euforia que afectan, incluso gravemente, a otras personas. Otro nivel nace del simple hecho que consumir droga sólo es posible después de haber comprado droga (una sustancia ilegal); es decir, la compra de drogas alimenta y sostiene el mundo de la delincuencia, una delincuencia sumamente peligrosa, como se está demostrando en la existencia de mafias y de grupos terroristas alimentados con el tráfico de drogas, y que han alcanzado un poder económico tan elevado que puede poner en peligro la vida y la estabilidad de algunos estados del planeta.

Bastaría este segundo nivel (sin dejar de lado el primero) para prohibir la “droga personal”. Porque una persona llega a conseguir un producto ilegal si lo ha comprado (directamente o a través de otros) en el mundo de la delincuencia y la ilegalidad, en el reino del poder del narcotráfico. Este simple motivo, sin desconocer todos los daños personales y sociales que genera la drogadicción, y sin dejar de lado los enormes costos sanitarios que suponen para la administración pública el tener que crear y mantener estructuras para atender a los drogadictos, bastaría para considerar necesario la intervención punitiva contra quienes colaboran con la criminalidad al adquirir “droga personal”.

Por lo mismo, la lucha contra la droga, contra quienes hacen negocio desde la venta de sustancias destinadas a destruir física o psíquicamente a las personas (es decir, desde la venta de auténticos venenos), sin olvidar los enormes perjuicios y las situaciones dramáticas que viven los familiares de los drogadictos, no puede dejar de lado una justa intervención del estado contra la demanda, que incluye penalizar a quienes tienen “droga personal”.

Luchar contra la droga en su punto de partida, la demanda, es necesario añadirlo, no implica limitarse a medidas penales contra los consumidores, muchos de los cuales compran droga desde una situación de enfermedad. El drogadicto ha de ser visto, siempre, como persona, con toda su dignidad, y como enfermo, en el cuerpo y en el alma. Es por ello que la pena que se imponga a quienes tengan “droga personal” ha de adecuarse a las distintas situaciones, y no debe ser nunca motivo para impedir un buen tratamiento sanitario y/o psicológico, sin excluir la dimensión espiritual, que tanto ayuda a muchas personas para salir del túnel de las dependencias.

Por lo mismo, las medidas represivas deben ser una parte importante, útil ciertamente, sobre todo contra los productores y vendedores de droga, pero también contra los consumidores, en la lucha contra esta plaga. Pero deben estar acompañada por campañas de prevención, especialmente respecto de los más jóvenes y vulnerables, y de una justa atención a quien vive como enfermo a causa de su condición de drogadicto. Sobre esto habría mucho que añadir, pero lo dejamos por razón de brevedad.

Hay un punto ulterior que merece ser aclarado: el hecho de que existan países en los que se mezclan de algún modo castigos y tratamientos médicos. Existen leyes, por ejemplo en Italia, que penalizan de diversos modos la posesión de “droga personal”, pero que permiten eludir los castigos penales si el “delincuente” acepta acudir a un centro de rehabilitación para toxicodependientes. Este tipo de medidas arranca de una buena intención pero corre el riesgo de hacer ver el tratamiento como una especie de castigo (o un sucedáneo del mismo). En realidad, conviene distinguir bien los dos niveles de intervención, pues, como ya hemos dicho, el drogadicto merece siempre ser tratado como enfermo, y nunca debe ser privado de los tratamientos que necesita si por delitos graves (robos, etc.) va a la cárcel. Igualmente, ofrecer el tratamiento como “alternativa” al castigo puede hacer ver el mismo tratamiento como castigo, provocando en muchas personas una actitud de rechazo hacia el mismo. Sobre estas últimas reflexiones, son de gran interés las ideas ofrecidas por Vittorino Andreoli, un famoso psiquiatra italiano, en su obra Carissimo amico. Lettera sulla droga (Rizzoli, Milano 2009).

En conclusión, ¿hay que despenalizar la droga para uso personal? No. Lo que sí es urgente es promover una sociedad con valores y principios claros, que permita a jóvenes y adultos vivir sanamente, y que les aparte de las redes de las dependencias (droga, alcohol, prostitución, etc.) que provocan enormes daños individuales y sociales, y que alimentan un mundo de delincuencia que no puede coexistir con un estado sano.

Prohibir la “droga personal” es sólo un aspecto, importante ciertamente, de la lucha contra la droga. Saber integrarlo con otras acciones, según una visión equilibrada sobre lo que significa la vida humana y sobre las virtudes que llevan a un desarrollo integral de la propia personalidad, es uno de los grandes retos que deben asumir todos los que, de cualquier forma, intervienen en la tarea educativa: la familia, la escuela, los grupos parroquiales y religiosos, las asociaciones privadas, la empresa y los sindicatos, las administraciones públicas (municipios, regiones, estados). Lo merecen las nuevas generaciones y los adultos, y lo agradeceremos todos. Sólo así será posible avanzar hacia lo que en 1998, y quizá, por desgracia todavía hoy, parecía una utopía, pero no lo es: conseguir un mundo sin drogas

Ninguna institución enseña lo que la familia puede enseñar

6 Junio 2009

Norma Mendoza-Alexandry.-  ¡Ninguna institución enseña lo que la familia puede enseñar! ¿Nos damos cuenta de la responsabilidad que esto implica? ¿Responsabilidad de quién?

La responsabilidad es obviamente de los adultos, en la familia, principalmente del padre y de la madre unidos en matrimonio, quienes acogen con y en el amor a los nuevos seres humanos a quienes han de criar.

Pero también había que pensar que si partimos del hecho internacionalmente reconocido de que la familia es la base de la sociedad, entonces deben intervenir todas las instituciones para su asistencia, protección,  defensa y conservación en cuanto a las condiciones política, social, económica, etc. de la vida y de las familias.

La institución familiar es la que introduce al ser humano en el mundo de los valores, ya que cuenta con el invaluable recurso de los vínculos emocionales más profundos e interviene en el desenvolvimiento de la persona. La familia como institución requiere que se hagan posibles en todo momento el respeto a los derechos humanos, requiere ser reconocida como “capital social” de importancia primordial. Las políticas pro-familia que deben ser sumamente activas e incentivadas deben tener propuestas tanto sociales como económicas en el mercado laboral.

En cuanto a la asistencia social, no se trata solamente del llamado “welferism”, es decir, políticas sectoriales con fines politiqueros, sino efectivas políticas sociales que abarquen la protección del matrimonio de un hombre con una mujer y la protección de la infancia a través de la familia.

Es imprescindible, además, que la familia sea considerada como una verdadera empresa en crecimiento, de tal modo que sus integrantes sean estimulados: por ejemplo el reconocimiento del valor del trabajo de la mujer en el hogar.

La familia debe ser reconocida como pilar social en la comunidad de federaciones, pero además como garante de tradiciones, como patrimonio que sobrepasa los bienes materiales.

Para forjar un nuevo humanismo, para el logro de la disminución de la violencia, para contar con mejores ciudadanos se necesita de la familia, tal la persona  -  tal la familia  -  tal la sociedad.

La familia es insustituible para la formación de la persona como lugar de encuentro inter-generacional, es escuela de solidaridad y de evangelización.

Es la familia el hábitat natural para nacer, crecer y morir como personas. Hoy las ciencias del espíritu han sido acalladas, muchas de las características de la sociedad no son favorables a la familia. Al progreso social se ha impuesto la materialización, es decir, tener más y más; consumismo, masificación de la sociedad y por tanto, despersonalización. Se hacen a un lado muchísimos estudios sociológicos que demuestran que para cada persona la familia es la más valorada en el conjunto de la sociedad. Se nos impone un lenguaje que contrapone a la familia y al mismo tiempo hay inexistencia de suficientes políticas de Estado, lo que causa la inhibición social de las familias.

¿Nos hemos preguntado si las políticas de “perspectiva de género” se encaminan al logro de la ‘igualdad’ solamente o a la liberación de la mujer?  ¿Desean liberarla de su intrínseco y natural sentido de maternidad y femineidad? ¿Por qué tanta discrepancia en cuanto a los nuevos programas en “educación sexual”?

La mujer, es verdad, tiene derecho a obtener en igualdad de circunstancias, un trabajo y salario equivalente al del varón y también a lograr sus ambiciones de éxito profesional, pero ¿cuántas de ellas hacen a un lado la idea de querer ser madres?

Muchas de ellas solteras después de los treinta y tantos, se cuestionan si pueden ser fértiles y si su prioridad de llegar al tope máximo de sus carreras valió la pena. Quizá también se pregunten por qué el plan educativo que les presentó la escuela fue únicamente con un cariz varonil  en ‘igualdad’ de circunstancias, siendo que la mujer tiene sus propias características y ni en el mundo laboral se reconocen sus diferencias.

Quizá entonces dirán similarmente a una reconocida feminista en su madurez  -Betty Friedan-  quien estuvo al frente de la llamada “revolución feminista” :  “Fue emocionante al principio incursionar en campos adonde la mujer no había llegado hasta entonces. Hoy es sólo un trabajo. Pero la devastadora soledad es peor. ¡Debe haber una mejor manera de vivir!”.

Redescubrir la importancia de la familia, fin importante que incluye: la educación de los hijos, la igualdad del reconocimiento laboral (público y privado) del hombre y de la mujer; acceso a la vida social incluyendo el concepto de que la igualdad significa la posibilidad de incorporación a las formas de vida existentes pero considerando que la igualdad, para realizarse, implica un cambio social más profundo relacionado con los valores, y por tanto:  garantizar un entorno social-humanitario familiar de alcance multiplicador en todos sentidos: económico (vivienda digna, servicios); educativo integral (considerando las dimensiones de la persona humana); cultural (cívico, de convivencia y respeto hacia los demás); familiar (cooperación continua con padres de familia); servicios (no con finalidad individual sino familiar); política global, que tenga como eje a la familia como sujeto social.

“Debemos transitar de la sociedad del bienestar, al bienestar de la sociedad”, escribía  el profesor Xavier Escrivá.

Fácil es decirlo, pero sobrevienen una serie de retos, entre ellos:

1.    Fortalecer a la familia en su desarrollo humano y social.

2.    Fortalecer a la familia en mayor autonomía para el desarrollo de sus funciones: ética de la sexualidad, trasmisión de la vida, cohesión intergeneracional, mediación de conflictos, educación y formación.

Profundizar en el significado de la ‘igualdad’ entre hombre y mujer implica necesariamente el reconocimiento de la ‘diferencia’, pero también en su ‘complementariedad’.

Tras la dicotomía igualdad/diferencia, hemos de aproximarnos a superar las imposiciones radicales feministas internacionales, superar las deficiencias del Estado liberal y del Estado de bienestar y revisar en qué medida éstos responden a que dichos modelos no han resuelto  el problema de un auténtico sustento y patrocinio de la institución familiar

Ante el enfermo terminal

6 Junio 2009


Fernando Pascual.-    Los progresos en medicina han cambiado la vida de muchas personas. Son notables los avances técnicos de los últimos 100 años. Gracias a descubrimientos y a aparatos altamente sofisticados, enfermedades antes incurables pueden ser vencidas o, al menos, pueden evitarse muertes prematuras.

Junto al desarrollo técnico, la ética ha tenido que ofrecer sus reflexiones sobre los valores y los principios que deben acompañar el ejercicio de la medicina.

Existen, sin embargo, situaciones en las que no resulta claro hasta dónde debería llegar la intervención médica, o cuál debería ser la mejor manera de tratar a un enfermo. De manera especial, cuando el equipo médico no puede curar a una persona y la enfermedad avanza inexorablemente, surgen no pocas veces dudas sobre hasta dónde sea lícito actuar, y cuándo habría que suspender terapias ineficaces, costosas o dañinas para el mismo enfermo al que se pretende ayudar.

No es fácil ofrecer criterios generales para las distintas situaciones por las que atraviesan los enfermos terminales. Vamos a limitarnos a recorrer algunos principios que son en parte el resultado de la reflexión ética elaborada recientemente.

El primer criterio nos dice que cada enfermo conserva siempre su dignidad mientras conserve la vida que le permite seguir entre nosotros. Por lo mismo, merece el máximo respeto y las mejores atenciones médicas, psicológicas, afectivas.

Imaginemos un enfermo que sufre mucho, que depende de complicados aparatos, que necesita la ayuda de calmantes que a veces lo privan de la plena conciencia, que debe recibir frecuentes transfusiones de sangre. Este enfermo no puede ser visto simplemente como “una cama ocupada” o como un “gasto excesivo” para el hospital. Debemos recordar siempre que estamos ante un ser humano que merece respeto y amor. Considerar que su vida vale menos porque no es productiva, o porque no puede realizar muchas actividades humanas, o porque depende de la ayuda de la ciencia médica y de tecnologías más o menos costosas, es caer en una mentalidad discriminatoria que ha provocado injusticias sumamente graves a lo largo de la historia humana.

El segundo criterio depende en parte del anterior: el enfermo ha de ser informado de su estado de salud y de las alternativas que la moderna medicina ofrece para atender la última etapa de su vida. Esta información debería incluir aquellas terapias experimentales que tal vez serían capaces de lograr un importante beneficio terapéutico, aunque no haya certeza sobre este punto. A partir de la información recibida, el enfermo debe ser escuchado y comprendido en sus deseos y aspiraciones, incluso cuando rechaza algún tratamiento que puede ser visto como excesivamente doloroso. Sin embargo, cuando el enfermo pide al equipo médico que realice algún acto que vaya contra la ética médica (como, por ejemplo, un suicidio asistido o un acto de eutanasia), tal petición no debe ser atendida, en cuanto contraria al respeto debido al mismo enfermo (necesitado, en esas ocasiones, de una especial ayuda espiritual y psicológica).

Son muchos los casos, especialmente cuando se pierde completamente la conciencia, en los que el enfermo no podrá manifestar su parecer. En tales casos, toca a los familiares determinar con los médicos el mejor tratamiento a seguir, siempre en vistas a lograr buenos resultados según el estado general del enfermo y los progresos actuales de la medicina.

El tercer criterio nos recuerda la obligación moral de omitir aquellos actos técnicos que llevan a prolongar la agonía innecesariamente o a aumentar los dolores del enfermo sin ningún beneficio para su salud. Es decir, hay que evitar cualquier tipo de “ensañamiento terapéutico”.

¿Cómo saber si este acto médico es excesivo, es ensañamiento? A través de la constatación de dos aspectos: primeramente, por su ineficacia (no produce la curación o no conduce a una mejora sustancial); en segundo lugar, por producir graves dolores para el paciente (algo recogido también en la doctrina católica, como podemos leer en la encíclica de Juan Pablo II Evangelium vitae, n. 65).

El cuarto criterio nos dice que deben ser aplicados en favor del enfermo todos aquellos tratamientos que puedan aliviar su dolor y hacer más llevadero el decurso de su enfermedad en la etapa final. Tales tratamientos necesitan ser valorados atentamente en función de los beneficios concretos que se espera produzcan en el enfermo terminal. En concreto, respecto a cualquier posible tratamiento, habría que considerar:

-De qué tipo de acto terapéutico se trata: uso de un calmante, una operación quirúrgica, etcétera.

-El grado de dificultad y riesgos que conlleva.

-Los gastos que supone (para el enfermo, para la familia, para la sociedad).

-Las posibilidades de su aplicación en esta situación concreta.

-El resultado esperado según las condiciones del enfermo, su estado de ánimo, sus fuerzas físicas, etcétera.

Junto a los tratamientos orientados a la curación y a la paliación del dolor (a través del uso de analgésicos y calmantes), existen una serie de atenciones que deben ser ofrecidas siempre, como la nutrición/hidratación, la atención del dolor y la higiene física. Omitir estos tratamientos implica abandonar al enfermo a su suerte y provocarle, por omisión, la muerte; es decir, esta omisión se convierte en un acto de eutanasia, en un homicidio.

Otra obligación del personal médico consiste en la prevención y tratamiento de eventuales llagas que puedan formarse si el enfermo está demasiado tiempo en la cama, etcétera.

En cambio, merece una valoración distinta, según cada caso, el uso de medios más complejos, como la diálisis, las transfusiones de sangre, la ventilación mecánica, el recurso a un pulmón artificial.

Respecto al tratamiento del dolor, conviene recordar que el enfermo puede decidir, si es consciente, la renuncia en parte al mismo, sobre todo si quiere conservar la lucidez mental o si quiere dar algún sentido religioso o ético a su sufrimiento. Pero también puede pedir sin ningún remordimiento de conciencia una mayor atención a sus dolencias mediante el uso de analgésicos eficaces. Incluso los médicos pueden facilitar estas medicinas a pesar de que pueden reducir, indirectamente, la duración de la agonía. No pueden, sin embargo, dar una dosis excesiva de analgésicos con la intención explícita de provocar la muerte del enfermo.

Es oportuno añadir, al concluir estas reflexiones, que la medicina puede ayudar mucho al enfermo en su etapa final. Pero a pesar de los progresos técnicos, el dolor y la muerte serán siempre un misterio ante el cual todos sentimos una invitación a valorar con mayor conciencia la belleza de la vida, y a interrogarnos sobre su sentido y su significado más profundo. A la vez, no debería faltar nunca junto al enfermo el acompañamiento del afecto de los familiares y amigos, un acompañamiento que es capaz de producir en ocasiones un alivio mucho mayor que el que pueda ser resultado de un aumento de la dosis de calmantes

FE Y POLÍTICA / Fernando Pascual – ¿Existe el voto católico?

30 Mayo 2009

¿Existe el voto católico? La pregunta puede ser respondida a diversos niveles. Queremos ahora fijarnos en dos.

En el primer nivel, el nivel sociológico, la respuesta es relativamente sencilla: si por “voto católico” se entiende el voto que los católicos ponen en las urnas durante las elecciones, resulta claro que existe el “voto católico”, entendido como el “voto de los católicos”. Porque muchos católicos votan allí donde viven, como votan también muchas personas que pertenecen a otras religiones o creencias.

Pero con esta primera respuesta, quizá se diluye el ser católico como un dato marginal que no tiene especial relevancia a la hora de dar el voto. Porque los votantes, según algunos, participan en las elecciones simplemente como ciudadanos, no como católicos o como musulmanes o como protestantes, aunque sociológicamente podemos decir que han votado católicos, musulmanes y protestantes.

Por eso podemos buscar una segunda respuesta en un nivel más profundo: el “voto católico” consistiría en un modo de valorar y decidir sobre las distintas posibilidades electorales según la visión que nace desde la propia fe católica.

Esta segunda respuesta nos lanza a una nueva pregunta: ¿existe en la religión cristiana, en la Iglesia católica, una doctrina que tenga consecuencias sociales, políticas, electorales?

Si volvemos a la primera respuesta, constataremos con una cierta perplejidad que en el pasado y en el presente los católicos han dado su voto a propuestas políticas muy diferentes entre sí, incluso algunas gravemente inmorales.

Por ejemplo, en Alemania hubo católicos que ofrecieron sus votos a un partido claramente anticatólico, el partido nazi. En otros países ha habido y hay católicos que votan por partidos políticos que promueven el odio de clases (como en el comunismo), o que defienden el aborto, o que están a favor de un capitalismo salvaje que pisotea los derechos de los obreros, o que se caracterizan por una mentalidad belicosa que origina guerras injustas y sumamente dañinas, o que faltan gravemente al respeto que merece la libertad religiosa y de conciencia, o que fomentan la destrucción de la familia.

Ante esta situación, nos damos cuenta de que el voto católico no puede ser visto simplemente en clave sociológica, sino que la identidad propia de la fe cristiana debe hacerse visible y tener consecuencias prácticas en las elecciones políticas.

Un católico que vote realmente como católico, por ejemplo, tiene que dejar de lado a los partidos que defienden el aborto y apoyar a los partidos promotores de los derechos de los hijos antes de nacer. Un católico que vote como católico estará en contra de cualquier partido racista o clasista, y escogerá a los partidos que defienden la igual dignidad de todos los seres humanos. Un católico que vote como católico promoverá las opciones y los candidatos que favorecen la paz nacional e internacional y excluirá de su voto cualquier partido político que promueva guerras y agresiones dentro o fuera de sus fronteras.

Causa un profundo dolor descubrir que muchos católicos no llegan a comprender el nexo que existe entre su fe, con todas las riquezas que contiene, y su modo de participar en la vida política. A veces esto ocurre porque existe muy poca formación y el bautizado se deja llevar por la propaganda o las ideas dominantes. Otras veces se da una auténtica prostitución de la conciencia por la que se llega a ver como bueno algo intrínsecamente malo e injusto. Otras veces existe una actitud cobarde cuando uno está llamado a defender las propias convicciones y prefiere optar por lo que parece conveniente, sin fijarse en los principios básicos que todo católico debería defender en la vida social.

Frente a esta situación, es urgente una esmerada preparación de los católicos que les permita participar en la vida política con ideas claras y con convicciones fuertes. No podemos ver con indiferencia cómo existen países donde la mayoría de la población es católica y, al mismo tiempo, gobiernan partidos políticos que promueven el aborto, que atacan a la familia, que no garantizan los derechos laborales, que aprueban leyes que fomentan la inmoralidad pública.

Existen para los católicos una serie de principios irrenunciables desde los cuales pueden juzgar a los partidos políticos. Aquellos partidos que no respeten ni defiendan esos principios no pueden ser votados por los católicos. Aquellos partidos que sí los promueven y garanticen, pueden ser elegidos por los católicos.

¿Cuáles son esos principios? Podemos resumirlos, desde un importante documento en la Iglesia (Congregación para la Doctrina de la Fe, “Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política”, 24 de noviembre de 2002, n. 4), en los siguientes puntos, algunos de los cuales vamos a copiar literalmente:

1. El respeto a la vida, también de los embriones humanos, y la clara oposición al aborto y a la eutanasia.

2. “La tutela y la promoción de la familia, fundada en el matrimonio monógamo entre personas de sexo opuesto y protegida en su unidad y estabilidad, frente a las leyes modernas sobre el divorcio”.

3. “La libertad de los padres en la educación de sus hijos es un derecho inalienable, reconocido además en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos”.

4. “La tutela social de los menores” y la “liberación de las víctimas de las modernas formas de esclavitud (piénsese, por ejemplo, en la droga y la explotación de la prostitución)”.

5. “El derecho a la libertad religiosa”.

6. “El desarrollo de una economía que esté al servicio de la persona y del bien común, respetando la justicia social, el principio de solidaridad humana y el de subsidiariedad, según el cual deben ser reconocidos, respetados y promovidos los derechos de las personas, de las familias y de las asociaciones, así como su ejercicio”.

7. El tema de la paz, que es obra de la justicia y de la caridad, y que “exige el rechazo radical y absoluto de la violencia y el terrorismo, y requiere un compromiso constante y vigilante por parte de los que tienen la responsabilidad política”.

El “voto católico” será, por lo tanto, verdaderamente católico si sabe respetar estos siete puntos básicos para la vida social, que valen no sólo para los católicos, sino para todos los hombres y mujeres que forman parte de un estado. Son puntos, según dice la Nota doctrinal antes citada (n. 4), que “no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno”. Es decir, son puntos no negociables, sobre los que un verdadero católico no puede ceder a la hora de poner su voto en una urna.

La fe, hemos de tenerlo presente, ilumina y permite vivir más a fondo la justicia. Un católico, en ese sentido, se siente llamado a construir un mundo que esté de acuerdo con la verdad sobre el hombre y sobre la sociedad, que respete en serio los derechos humanos. Por eso su voto será responsable: excluirá cualquier opción y partido que vaya contra los principios que acabamos de recordar, y escogerá y promoverá aquellas opciones y partidos que defiendan programas en los que sean respetados los puntos no negociables y ofrezcan garantías administrativas, legales y jurídicas para la tutela de los mismos

LA PERSECUCIÓN CRISTERA EN MEXICO / Luis Alfonso Orozco

30 Mayo 2009

Los Arreglos de 1929 y lo que vino después

Luis Alfonso Orozco

laorozco@legionaries.org

En junio de 1929 habría en México unos 30 mil cristeros, levantados en armas desde 1926 para defender sus derechos patrios y religiosos, cuando el Gobierno bajo la presidencia de Emilio Portes Gil y algunos obispos mexicanos pactaron un acuerdo para dar cese al fuego. Al posterior repique de las campanas los cristeros se desbandaron como habían llegado, muchos sin tomarse la pena de presentarse a las autoridades para recibir el salvoconducto y la amnistía prometida, que después se vio no resultó tal. Los cristeros[1] se habían levantado en armas espontáneamente y de la misma manera regresaban a sus jacales, a sus ranchos -si es que aún existían-, a sus pobres milpas para labrar la tierra. Regresaban después de haber defendido sus derechos más sagrados. Ya no había Causa. La Causa, como ellos decían, había sido la defensa de Cristo Rey y de su Madre Santísima. Cristo volvía a sus altares; muchos sacerdotes habían sido sacrificados como mártires de la fe, y los que antes estaban escondidos ahora volvían a celebrar la santa misa. Poco a poco el repique de las campanas se escuchaba de nuevo por los campos, pueblos y valles. La guerra terminaba, pero el gobierno federal no pudo vencer a los cristeros en los campos de batalla.

El tema de los arreglos ha dejado regadas muchas amarguras, no pocas divisiones y malentendidos. Ciertamente a 80 años de distancia, ahora se cuenta con más elementos históricos para interpretar lo ocurrido y ver los hechos con más serenidad; y muy importante, también desde la óptica de la fe puesto que la providencia de Dios está detrás de todos los acontecimientos humanos. Visto con mayor perspectiva histórica pero desde la fe, en 1929 al Papa Pío XI y a los Obispos mexicanos les preocupaba sobre todas las cosas la situación moral y espiritual del pueblo, que llevaba tres años sin cultos y privado de los sacramentos. Querían también remediar la situación de los obispos y sacerdotes, que vivían desterrados o perseguidos y acorralados como fieras, obligados a esconderse. Muchos sacerdotes habían caído asesinados como mártires por manos de soldados federales y agraristas. Hubo militares como el general Eulogio Ortiz, un rabioso anticlerical que se enfurecía como demente ante la sola presencia de un sacerdote. Militares como Ortiz, Z. Martínez, Juan B. Izaguirre y otros asesinaron a cuantos sacerdotes cayeron en sus manos. Estando así las cosas, los obispos y la Santa Sede veían que al prolongarse indefinidamente las hostilidades en el campo de batalla –pues luchaban el ejército federal contra el pueblo mexicano—no haría sino agravar la situación social, moral y religiosa de toda la nación.

Por tal motivo, obedeciendo a órdenes superiores, en junio de 1929 se llegaron a los controvertidos arreglos entre el gobierno de Portes Gil (impuesto por Calles) y los obispos Mons. Pascual Díaz Barreto y Mons. Leopoldo Ruiz Flores –quien era también el delegado apostólico-. El fin era llegar a un modus vivendi entre la Iglesia y el estado, previo pacto de un acuerdo para llegar al cese de las hostilidades, con la subsiguiente entrega de las armas por parte de los combatientes cristeros, quienes a su vez recibirían salvoconductos y la amnistía que les permitiera dejar las carabinas y volver a sus arados. Se pedía también al gobierno de Portes Gil la amnistía completa para los obispos, sacerdotes y fieles, así como la restitución de las propiedades de la Iglesia: casas de los sacerdotes, obispados y seminarios. Eso fue lo que se prometió, aunque después el gobierno no lo cumplió.

Para honra de los cristeros y sabiendo lo que les esperaba, hay que decir que ellos acataron las órdenes del cese al fuego, en muchos casos con ejemplos de obediencia heroica, como la del general jefe Jesús Degollado. Un cálculo arroja que durante los tres años de guerra, por cada cristero muerto en combate caían al menos unos dos o tres soldados federales y agraristas. Estableciendo un cálculo numérico aproximado ofrecería los siguientes datos: los tres años que duró el conflicto causaron entre 20 y 25 mil bajas cristeras por 60 o 70 mil soldados federales, caídos en los campos de batalla.

Después de la entrevista de junio con los dos obispos y de sus promesas verbales, el presidente Emilio Portes Gil recibió presiones de la CROM, de algunos gobernadores radicales como A. Tejeda y otros masones, deplorando sus palabras pues según Tejeda “el cochino clero quiere reanudar su tarea monstruosa de deformar las conciencias y la moralidad del pueblo… no vais a permitir que las leyes de Reforma y la Constitución sean violadas”[2]. Con tales presiones, días después Portes Gil pronunció un discurso ante la masonería –de la cual era miembro- el 27 de julio del año 1929, muy pocos días después de los arreglos, y en el que justificaba la actuación con mano dura del gobierno en contra de la Iglesia. Un párrafo del discurso de Porte Gil decía:

Mientras el clero fue rebelde a las instituciones y a las leyes, el gobierno republicano estuvo en el deber de combatirlo como fuese necesario; mientras el clero negara a nuestro país y a nuestro gobierno el derecho de dictar sus leyes y de hacerlas respetar, el gobierno estaba en el deber de destrozarlo, y hay que ver que el clero, en todas las épocas ha negado la existencia del Estado y el sometimiento a sus leyes, y por formas artificiosas y hábiles ha sabido siempre introducirse; pero ahora, queridos hermanos, el clero ha reconocido plenamente al Estado, y ha declarado sin tapujos, que se somete estrictamente a las leyes… la lucha no se inicia, la lucha es eterna, la lucha se inició hace veinte siglos, es decir, la lucha contra el cristianismo; yo protesto ante la masonería, que mientras esté en el gobierno, se cumplirá estrictamente con esa legislación. En México, el Estado y la masonería, en los últimos, años han sido una misma cosa, dos entidades que marchan parejas, porque los hombres que en los últimos años han estado en el poder, han sabido siempre solidarizarse con los principios revolucionarios de la masonería [3].

Después de los arreglos

Con los arreglos de junio de 1929 se inició el cese de las hostilidades. Se decretó la amnistía -al menos en el papel- de todos los cristeros que entregaron sus armas, y los obispos decretaron la apertura de los templos y la reanudación del culto público. Aunque esto no sucedió de inmediato ni en todo el país, porque muchos templos habían sido ocupados como almacenes o graneros o simplemente estaban destruidos. En cuanto los cristeros depusieron las armas, no tardó en llegar la vil traición y la venganza por parte de quienes detentaban el poder: gobernadores locales, militares federales y muchos caciques regionales ordenaron la caza sistemática de los principales jefes y líderes cristeros para decapitar cualquier intento ulterior de organizarse y volver a las armas. A partir de julio de 1929 entre 500-600 jefes cristeros, desde el grado de teniente hasta el de general, fueron asesinados villana y cobardemente donde los encontraban, dormidos o despiertos, cuando ya habían dejado las armas. Jesús Degollado Guízar[4], quien era el último general jefe de los cristeros, así como muchos jefes, debieron ocultarse o huir a los Estados Unidos para salvarse.

Lo que siguió inmediatamente después de los arreglos constituye uno de los capítulos más dolorosos de la historia mexicana, pues ya en 1929 los cristeros estaban fuertes y mejor organizados; incluso llevaban la ofensiva en varias regiones bajo su dominio, como en amplias zonas de Jalisco y de Michoacán, contra las fuerzas federales a quienes les ganaban terreno palmo a palmo. A decir verdad, estaban también lejos de una victoria en todo el país y por ello la guerra estaba condenada a prolongarse indefinidamente. Sin esperarlo y sin que a ellos se les consultara, se decretó el alto de las hostilidades, con la supuesta amnistía después que entregaran sus armas, y la consiguiente odisea que muchos sufrieron hasta caer asesinados o tener que esconderse durante años como animales acorralados. Si de traición puede hablarse, ésta vino en realidad por parte de aquellos elementos del gobierno federal y estatal que no cumplieron lo prometido y se aprovecharon de la situación para agredir a los desarmados cristeros.

Y llegó el desbarajuste de los Arreglos y cada quien fue hijo de su madre, y comenzó la carnicería que hicieron los elementos secundarios del gobierno con mis antiguos compañeros de lucha[5].

No todos los oficiales federales eran inhumanos, y más de algún general del ejército advirtió del peligro a los cristeros. El general federal Figueroa, jefe de operaciones en Jalisco después de los arreglos, les aconsejaba:

Váyase muy lejos, lo matarán pronto; yo soy aquí el representante de la autoridad federal y le respondo con mi palabra de caballero que nada tiene que temer por mi parte; pero estos politiquillos locales siempre creerán hacer méritos ante México cometiendo tropelías como ésas. También satisfarán su deseo de venganza[6].

La obediencia de los jefes cristeros fue heroica, porque aunque no lo entendían ni sabían todos los motivos que había detrás, ellos obedecieron la orden de los obispos, que en realidad procedía de más arriba, de Roma, y que tenía una mira bastante más amplia para devolver al pueblo mexicano sus sacerdotes y el culto público con los sacramentos, pero que no contaba con la hostilidad tan acérrima de muchos de los gobernadores y demás fuerzas anticatólicas del país. Si dramática fue la guerra cristera, más lo fue lo que vino después de los arreglos, porque otros cristeros y otros mártires regaron con su sangre el suelo de la patria. La sangre de los mártires siempre ha sido semilla de nueva vida cristiana para la Iglesia.

Ciertamente se empezaron a reanudar los cultos, muchos sacerdotes pudieron volver, poco a poco a sus parroquias e iglesias, y con mil dificultades a ejercer su ministerio. Pero la deseada normalidad, el modus vivendi, sólo se fue logrando con la conjunción de dos factores: el pasar de los años y la desaparición de los perseguidores acérrimos de la Iglesia católica (Obregón, Calles, Portes Gil, Lázaro Cárdenas, Luis Morones, Tomás Garrido Canabal, Adalberto Tejada, Carrillo Puerto y otros caciques estatales). Ellos murieron y ya recibieron el juicio de Dios, mientras que la Iglesia -a la que pretendieron suprimir del suelo mexicano- salió fortalecida de la dura prueba y purificada con la sangre generosa de sus mártires.

La Segunda o el Rescoldo

Unos pocos grupos de cristeros reaccionaron de otro modo; al verse acorralados y perseguidos como alimañas, y después de ver cómo habían caído asesinados cobardemente la mayoría de los jefes, los sobrevivientes prefirieron vender caro el pellejo antes que caer asesinados y se fueron a las montañas donde reemprendieron la guerra de un modo más aislado, en condiciones de extrema pobreza, pues ya no contaban con el apoyo popular de antes. Ese segundo levantamiento de los cristeros supervivientes fue conocido como “La Segunda” o “El Rescoldo”, entre 1932-38 hasta su desaparición con la muerte en las sierras de Durango del último jefe cristero, Federico Vázquez, en 1940.

Vivimos desde los Arreglos remontados en estas soledades cuidando de nuestras vidas y de nuestros bienes. No podemos acudir a determinados pueblos sin ser amenazados de muerte por los agraristas, que al vernos sin armas y sin garantías, cobardemente se aprovechan… Se nos dijo que lo pasado se olvidaba y que ahora todo mundo a vivir tranquilo en su trabajo. No hay derecho que nos tengan viviendo esta vida de zozobra y que como a perros rabiosos nos venga a matar todo un gobierno que ha ofrecido garantías.[7]

La situación de la Iglesia después de 1929

La situación pública de la Iglesia apenas si había mejorado en algo pues se le seguían negando sus derechos y, por ello, en septiembre de 1932 el Papa Pío XI envió al episcopado y pueblo mexicano la encíclica Acerba Animi (la preocupación que nos embarga), en la que declaraba su honda preocupación por la situación de los católicos mexicanos: muchos edificios del culto no habían sido devueltos, permanecían cerrados o destinados a otros usos civiles; proseguía la persecución de sacerdotes, el destierro de obispos y la continuación de toda clase de atropellos según le pareciera al cacique regional o estatal, que gobernaba como sátrapa y actuaba como ladrón al amparo de unas leyes inicuas que el pueblo mexicano no había emanado. En pocas palabras, Portes Gil no había cumplido las promesas del gobierno en el tema de los “arreglos”. Sus sucesores en el cargo tampoco quisieron hacerlo, y así quien era el presidente, Abelardo L. Rodríguez (septiembre 1932 – diciembre 1934), se puso furioso ante la intervención del Papa y mandó publicar en los periódicos de la ciudad de México una diatriba altisonante, con frases como:

México no puede permitir que se inmiscuya en asuntos del Estado una entidad a la que no se le reconoce existencia dentro de nuestros principios legislativos, que establecen la separación absoluta de la Iglesia y del Estado; el gobierno actual, emanado de la revolución, entre cuyos principios se encuentra la liberación espiritual del pueblo y su desfanatización, “cuenta con el apoyo de las masas de país”, que no pueden tolerar el dominio de un poder extraño, respondiendo a la abierta incitación que se le hace al clero para provocar la agitación. Declaro que a la menor manifestación de desorden, el gobierno procederá con toda energía y resolverá definitivamente este problema que tanta sangre y sacrificio ha costado a la nación; estoy resuelto a que si continúa la actitud altanera y desafiante a que se refiere la reciente encíclica, se convertirán los templos en escuelas y talleres, para beneficio de las clases proletarias del país[8].

El arzobispo Leopoldo Ruiz y Flores a continuación publicó el texto completo de la encíclica papal, haciendo ver que allí no había ninguna incitación a la rebelión contra el gobierno, sino que era el análisis de una situación real. Entonces el gobierno procedió a desterrarlo del país, y en un tren especial fue llevado a Laredo, donde el cónsul de los Estados Unidos se presentó a recibirlo. El discurso y la actitud agresiva del presidente Abelardo L. Rodríguez y su gabinete anticatólico, que nada más esperaban una ocasión para actuar en contra de la Iglesia, motivó entonces a que los gobernadores de varios Estados empezaran a legislar sobre la cuestión religiosa, limitándose otra vez hasta el extremo el número de sacerdotes y sentando condiciones de actuación ridículas e imposibles de cumplir (los sacerdotes tenían que estar registrados, tenían que tener 40 años de edad, tenían que contraer matrimonio civil para ejercer, etc.).

Se estipuló que un solo sacerdote debía fungir por cada veinte mil fieles en Morelos, en Chihuahua y Veracruz uno por cada cien mil, y así en casi todos los Estados, porque eran gobernados por individuos del partido institucional emanado de la revolución, el PNR fundado en 1929 por Calles, que después cambió las siglas en PRI. Todos ellos enemigos declarados de la Iglesia, cargados de prejuicios y de ideología, con una voluntad de mortificar y lastimar el sentimiento católico de la nación que tenía que soportarlos. Esta era la situación en 1934 cuando salió elegido el nuevo presidente, Lázaro Cárdenas, pero no empezó a cambiar sustancialmente sino hasta la llegada del presidente Manuel Ávila Camacho, en 1940, cuando se dejaron de aplicar algunas de las leyes más injustas y contrarias a la Iglesia, en un país que contaba con más del 95% católico de sus habitantes.

1929 – 2009: 80 años después de los arreglos México necesita recordar su historia –que es conocer la verdad—para no olvidar, pero con ánimo sereno, sin necesidad de abrir viejas heridas y con el deseo de que no se repitan errores del pasado. En todo y por encima de todo, contamos con la protección de Cristo Rey y de María de Guadalupe sobre sus hijos

Confabulación internacional contra la maternidad

23 Mayo 2009

Norma Mendoza Alexandry.-  En la generación pasada la familia regía las vidas de los seres humanos. Era normal provenir de una familia numerosa en donde los roles estaban claramente definidos: el padre trabajador que proveía el sustento y la madre siempre ocupada con los problemas y situaciones que se presentaban en la rutina diaria en familia.

Los niños eran generalmente un derivado del casamiento de su padre con su madre y una gran cantidad de cónyuges permanecían casados la mayor parte de sus vidas.

El Día de la Madre era una gran fecha donde la familia se reunía en casa y agradecía la dedicación, entereza, paciencia, perseverancia y atenciones de la madre hacia sus hijos y hacia su esposo.

Sin embargo, durante más de cuarenta años la familia ha estado bajo constantes embates. Cuando en los años 60’s y 70’s algunas mujeres comenzaron a atacar las normas culturales existentes, no lo hicieron con la intención de destruir a la familia pues sus protestas no eran anti-matrimonio. Querían cambios que incluyeran mayores oportunidades para la mujer.

Pero ya desde aquellos años en el ámbito internacional surgieron voces de un feminismo radical que hablaba del “patriarcado” como opresor de la mujer y se difundieron ideas tales como:  “La institución del matrimonio es el vehículo principal para perpetuar la opresión de las mujeres. Es a través del papel de esposa que la subyugación se mantiene” (Marlene Dixon, Universidad de Chicago, EUA).

Aún más, el matrimonio era referido como una “práctica esclavizante” que necesitaba ser destruida para dar paso a la igualdad entre mujeres y hombres.

La siguiente generación de feministas radicales subió a las tribunas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Allí, ante  las naciones del mundo podía difundirse más ampliamente el mensaje anti-familia a través de documentos oficiales y tratados tales como la “Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer” (CEDAW).

Cuando ésta es ratificada, además del deber de elaboración de Informes tetra-anuales, se asignan consejeros que demandan cambios a los países cuyo objetivo final es la disolución familiar y hacer a un lado a quienes se opongan. Los “derechos de la mujer” son promovidos como “derechos humanos” e incluyen el aborto disfrazado de “derechos a la salud reproductiva”.

Al día de hoy ¿se conoce a ciencia cierta en qué consiste ser madre? Tal parece que ser madre implica obligaciones, a veces no deseadas.  Para un niño(a), maternidad implica una contraparte: la paternidad, esto es, un comienzo, un principio y a la vez un desarrollo y dos ejemplos complementarios.

Cuando escudriñamos antropológicamente qué es el matrimonio, éste ha sido durante muchos años una institución que evoluciona;  el matrimonio es un regalo para la sociedad ya que deja siempre una base sólida para la siguiente generación.

El matrimonio une las tres dimensiones de la paternidad / maternidad: biológica, social y legal en una sola dimensión a favor de su descendencia. El matrimonio otorga al hijo el siguiente mensaje: el hombre y la mujer de cuya unión sexual tú naciste, van a estar contigo mientras crezcas para nutrirte y amarte.

El matrimonio también comunica a la sociedad que por cada niño que nace, existen una madre y un padre reconocidos, responsables tanto del niño(s) como mutuamente.

Las mujeres no somos un conjunto o un grupo manejable al antojo de gobiernos o transnacionales. Las mujeres provenimos de diferentes lugares, con educación disímil y formas de actuar distintas. Pero el entendimiento de nuestro papel en sociedad es lo que debe unirnos. Las mujeres tenemos el importante papel del balance de la familia, la comunidad, la Nación y el mundo. Podemos ser exitosas en el hogar, en instituciones educativas y hacer carreras y también estar satisfechas con nosotras mismas.

Aunque dichos distintivos por generaciones han sido valorados, hoy esas mismas características únicas están siendo agredidas.  En la ONU, el Tratado “CEDAW” reta las leyes, la política y la cultura de las naciones soberanas.

Mediante ese Tratado los países deben reportar el modo en que implementan el contenido protocolario a un Comité revisor que impone sus requerimientos. Algunos de éstos han sido:  dirigir a los gobiernos hacia la legalización de la prostitución, aunque el CEDAW no lo especifique;  37 gobiernos pro-vida han sido instruidos para cambiar sus leyes sobre el aborto, aunque en el Tratado mismo éste no se mencione; Polonia ha sido frecuentemente cuestionado debido a su gobierno a favor de la vida;  Irlanda fue criticado por permitir que la Iglesia Católica tenga fuerte influencia en las políticas públicas; Libia fue prescrita a reinterpretar el Corán para ajustarse a las reglas del Comité; urgió a México a proveer acceso rápido y facilitar el aborto;  comunicó a la Rep. Checa que sus medidas proteccionistas al embarazo y la maternidad eran sobre-protectoras; declaró a Bielorusia que no aprobaba la prevalencia de estereotipos de roles sexuales y por la introducción de símbolos tales como el Día de la Madre y el Premio a la Madre que promueve en la mujer los roles tradicionales.

El 18 de diciembre de 1979 la ONU aprobó la Convención  “CEDAW”. El 17 de julio de 1980 México firma esta Convención y su ratificación entra en vigor el 3 de septiembre de 1981. Más tarde el 15 de junio del 2001 México aprueba también el Protocolo Facultativo CEDAW mediante el impulso y señalamiento de “urgencia” de hacerlo, de la Lic. Patricia Olamendi y del apoyo del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres).

Con esto México se comprometió a consagrar en su legislación la igualdad del hombre y de la mujer: “con ello se aceptó que el logro de la igualdad radica en el adelanto de las mujeres, en su empoderamiento y en su desarrollo”  –declaraciones de la Lic. Patricia Espinosa, expresidenta del Inmujere– y más adelante ella continúa diciendo: “…nuestras leyes secundarias incumplen tanto los tratados como la misma Constitución, dado que violan el principio de igualdad de género y los derechos de las mujeres a la educación, a la salud, a participar en la toma de decisiones y a disfrutar de una vida libre de violencia…las más graves violaciones se dan en el ámbito de las relaciones familiares” (1).

Este año 2009 se efectuó en la ONU la 53ª Sesión de la “Commission on the Status of Women” o Comisión sobre el Status Jurídico y Social de la Mujer (2-14 Marzo 2009).

Allí México presentó dos documentos a través de su representante la Lic. Rocío García Gaytán, presidenta en turno del Inmujeres. En estos documentos se habla de los esfuerzos con objeto de crear un marco institucional de los Estados para consolidar la “perspectiva de género” en los deberes institucionales, con su inclusión en políticas públicas y la inserción de la mujer en los niveles de toma de decisiones. Demanda además evitar que se perpetúe “la percepción estereotipada de los hombres como sostén de la familia y las mujeres como responsables de otorgar cuidados y las consecuencias negativas que esto acarrea para la participación de las mujeres en educación, en el mercado laboral y en la vida pública” (2).

El artículo 5 de la CEDAW requiere de los países firmantes que “modifiquen los patrones sociales y culturales de conducta de hombres y mujeres…con objeto de lograr la eliminación…de todas las prácticas basadas en…funciones estereotipadas de hombres y mujeres”.

En ambos documentos presentados por México en la ONU durante la CSW se inscribe que: “Se busquen superar los estereotipos de género”.   La maternidad es claramente una de las “funciones estereotipadas” de las mujeres que la CEDAW intenta eliminar.

Notas al pie:

1. Coloquio nacional para el análisis de la aplicación del Protocolo Facultativo de la CEDAW.  Inmujeres, 2002.

2. García Gaytán R. Declaraciones en la ONU, 53ª sesión Commission on the Status of Women, Marzo 2009

La píldora del día siguiente a examen

23 Mayo 2009

David del Fresno.- Algunas autoridades españolas están afirmando en los últimos días que la libre distribución de la píldora postcoital puede ser una buena estrategia de Salud Pública para evitar los embarazos imprevistos y reducir así el número de abortos.

Es frecuente leer y escuchar en medios de comunicación próximos al gobierno afirmaciones tendentes a reforzar la idea de que esta píldora evitaría hasta el 50% de los abortos. Contra quienes argumentan lo contrario aportando datos científicos, los promotores de la PDD terminan recurriendo a que en definitiva, todo se reduce a un “problema religioso”. ¿Problema religioso? Pese al respeto que nos merecen esos medios de comunicación, debemos señalar que, tras el análisis de los datos referentes a la tasa de abortos en España tras la difusión gratuita de la Píldora del Día Después, sus afirmaciones son falsas: la “anticoncepción de emergencia”, lejos de evitar los abortos, los produce y los multiplica a una escala jamás vista.

Pero vayamos al dato: Las Pastillas Anticonceptivas de Emergencia (PAE) o Anticonceptivos Orales de Emergencia (AOE) comenzaron a usarse en la década de los 60 ante la búsqueda de un método que permitiera evitar los embarazos no deseados y los abortos quirúrgicos. Casi cuarenta años más tarde -en noviembre de 1999- el Comité de Expertos de la OMS en Medicamentos Esenciales incorporó la PDD en su lista de “Medicamentos Esenciales”. Ésta consiste en un listado de aquellos medicamentos “que sirven para satisfacer las necesidades de atención de la salud de la mayoría de la población, por consiguiente deben hallarse disponibles en todo momento, en las cantidades adecuadas, en las formas farmacéuticas que se requiera y a un precio asequible para las personas y la comunidad”.

Siguiendo las recomendaciones de la OMS, en España se dispensa gratuitamente la PDD en los centros de salud desde hace ya varios años, y no ha servido para que disminuyan las tasas de aborto. Todo lo contrario: Ningún dato estadístico ha permitido concluir que la difusión masiva de la píldora del día después (PDD) disminuya en modo alguno las tasas de embarazos imprevistos, ni los abortos. Por tanto, no se entiende que se quiera liberalizar aún más la difusión de este fármaco en aras de un propósito para cuya consecución se ha demostrado que no sirve en modo alguno. Aunque, quien sabe, quizá sirva en realidad para engrosar la cuenta de resultados de la industria del aborto; nos llama muchísimo la atención el hecho de que los grupos pro abortistas sean quienes más estén promoviendo el consumo de la PDD. Teóricamente ellos pretenden que disminuya el aborto, pero en realidad el aborto no disminuye sino que aumenta. ¿A quién beneficia esto? Naturalmente, a sus promotores.

Considerando lo expuesto en los párrafos precedentes, desde el Instituto Efrat nos ha parecido oportuno realizar un análisis de esta píldora, análisis cuyas conclusiones, basadas en la imparcialidad que nos proporcionan las evidencias documentales que hemos logrado recabar, expondremos a continuación. Quede claro que este artículo no pretende imponer una toma de posición: tan sólo pretende poner en conocimiento de la opinión pública algunas evidencias que merecen ser tenidas muy en cuenta a la hora de conocer las causas y valorar las consecuencias de la liberalización del consumo de la Píldora del Día Después.

Sus riesgos para la salud

En lo que respecta a los riesgos que conlleva el consumo de esta píldora, su libre difusión constituye a nuestro juicio un grave error sanitario. Por un lado, porque no se exigirán controles clínicos previos ni posteriores a su ingesta. Por otro lado, porque ante los problemas de salud que pueda ocasionar y que den como resultado un desenlace fatal, la muerte de la mujer quedará absolutamente impune debido a que, aunque sea menor de edad, esta disposición administrativa hará recaer exclusivamente sobre la consumidora toda responsabilidad ante cualesquiera consecuencias derivadas de su ingesta.

Nosotros ahora planteamos las siguientes preguntas:

Qué es potencialmente peor para una niña de 15 años: ¿Ingerir un vaso de vino, o ingerir la PDD?

¿Es coherente querer prohibirle el acceso al alcohol y al tabaco a una niña de 15 años, en aras de proteger su salud… y darle toda facilidad para ingerir un coctel hormonal en cuyo prospecto los fabricantes indican -por si acaso ocurre “algo”- que “no están suficientemente comprobados sus efectos secundarios en menores de edad” ? (Cfr.: Radio Intercontinental. Programa “La Quinta Columna”. Miércoles 14 de Mayo de 2009).

¿Es coherente querer prohibirle el acceso al alcohol y al tabaco en aras de proteger su salud… y darle toda facilidad para ingerir un coctel hormonal en cuyo embalaje los fabricantes indican –por si pasa “algo”- la conveniencia de “mantener alejado de los niños” ? (Cfr.: Radio Intercontinental. Programa “La Quinta Columna”. Miércoles 14 de Mayo de 2009).

Sin embargo, los promotores de la PDD tratan de minimizar los riesgos de su ingesta con declaraciones como las siguientes:

“Mientras que los regímenes de aborto médico son administrados bajo la supervisión de proveedores/as de servicios de salud, el uso de Píldoras Anticonceptivas de Emergencia (PAE) no requiere examen médico previo. Las mujeres pueden determinar su necesidad de uso de PAE y administrárselas a sí mismas sin riesgo” (Consorcio Internacional para la Contracepción de Emergencia: “Anticoncepción de Emergencia y Aborto Médico”. 28 de Febrero de 2006).

Pero afortunadamente los científicos lo tienen claro:

“Se puede sugerir que no sería necesario informar a las mujeres sobre la posibilidad de que un método de planificación familiar actúe después de la fecundación si dicha posibilidad es muy remota o si no se ha determinado con exactitud la frecuencia con la que actúa de esa manera. Sin embargo, en la práctica del consentimiento informado es imprescindible comentar con el paciente aquellos riesgos o efectos secundarios que aun siendo poco frecuentes, pueden ser importantes para él. Por ejemplo, aunque el riesgo de muerte por anestesia es muy bajo, se considera que debe de informarse sobre él, dada la importancia que tiene para el paciente. De igual manera, el riesgo de que un método de planificación familiar provoque la muerte de un embrión, aunque sea bajo, puede resultar importante para algunas personas, y especialmente para aquellas que opinan que la vida comienza en la fecundación” (Dra. Cristina López del Burgo, Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra).

“Los efectos secundarios más comunes son las nauseas, las cuales ocurren en un 50% de los casos, y los vómitos, que ocurren en un 25% de los casos. Otros efectos secundarios incluyen el dolor de cabeza, la inflamación de los senos, la fatiga, el dolor abdominal y el vértigo” (Dra. Theresa Menart, Departamento de Obstetricia y Ginecología, Hospital Huber Heights, Ohio).

Objetivos del Milenio: Anticonceptivos y aborto

Es un hecho evidente que durante las últimas décadas, a través de los Ministerios de Sanidad, administrados en no pocos casos por ministros pro abortistas, los gobiernos están repartiendo abortivos de manera masiva entre la juventud, preferentemente desde los colegios y los Centros de Salud.

La organización Mundial de la Salud (OMS) ha señalado en numerosas ocasiones a los responsables de salud que, para llevar a cabo la consecución de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) “quienes elaboran las políticas y planifican los programas de salud, deberán desarrollar estrategias para ofrecer a la gente joven información y educación sobre salud sexual y reproductiva y sobre la disponibilidad de servicios de anticoncepción y aborto”.

En el año 1995, siete organizaciones abortistas (Concept Foundation, Federación Internacional de Planificación de la Familia, Pacific Institute for Women’s Health, the Program for Appropriate Technology in Health, Pathfinder International, Consejo de Población y Programa Especial PNUD/FNUAP/OMS/Banco Mundial de Investigaciones, Desarrollo y Formación de Investigadores en Reproducción Humana) se unieron para constituir el Consorcio Internacional para la Anticoncepción de Emergencia. Su objetivo fue promover el acceso a esta metodología en todo el mundo, y en aras de ese objetivo han señalado siempre y sin rodeos a los responsables de salud que “No deben existir barreras médicas o jurídicas a la difusión y promoción de la Píldora Anticonceptiva de Emergencia”.

¿Quiere esto decir en realidad que tanto a las mujeres adultas como a las niñas o adolescentes, deberían suministrárseles fármacos abortivos? Según sus promotores, desde luego. En cualquier caso, parece claro que lo que algunos vaticinaron ya en los años 60, sigue en pie: existe una embestida internacional orquestada desde la Organización de Naciones Unidas (ONU) contra la vida y la familia, promovida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y financiada por los gobiernos en el caso de los países ricos, y por el Banco Mundial en el caso de los países pobres. No sabemos quién va a pagar la Seguridad Social cuando nos quedemos sin población activa, pero es seguro que no serán los laboratorios que hoy se lucran vendiendo abortivos, ni los médicos que hoy se lucran haciendo abortos.

Un negocio redondo

Y ya que hablamos de dinero, vamos a dar a conocer algunos datos:

Se ha pregonado que la PDD que se va a expender en las farmacias españolas se pagará, por la consumidora final, a la módica cifra de 20 euros.

Lo que “casi” no se ha dicho, es que el Ministerio de Sanidad las estaba comprando al por mayor, a la módica cifra de 1 euro, (¡un euro!) para dispensarlas gratuitamente (Cfr.: Radio Intercontinental. Programa “La Quinta Columna”. Miércoles 14 de Mayo de 2009)

Pero lo que desde luego nadie ha dicho es que el precio FOB al por mayor de esta pastilla, según el “International Drug Price Indicator Guide” de 2006 es el siguiente:

Levonorgestrel (0,075 mg) (1 pástilla) = 0,10 US$

(Diez céntimos de dólar.)

Hagan cuentas con la cotización del dólar a día de hoy, y verán que es un negocio redondo, del que se lucran muy pocos, y que nos lo “venden” como la conquista de un derecho. Al final, tanto con los anticonceptivos como con el aborto, siempre sale perdiendo la mujer: Siempre pierde su dignidad, siempre se perjudica su salud, casi siempre pierde su dinero, y en ocasiones pierde su vida.

El dogma de la implantación

La Organización Mundial de la Salud (OMS) viene señalando públicamente contra toda evidencia que “desde el punto de vista médico, se considera que una mujer está embarazada cuando un óvulo fecundado se implanta en las paredes de su útero y sólo entonces puede desarrollarse como feto. La anticoncepción de emergencia no es un abortivo, por lo tanto no puede terminar un embarazo”.

Sin embargo, el profesor Talavera (Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad de Valencia) afirma al respecto que “el razonamiento sobre si hay o no embarazo antes de la implantación es completamente aleatorio y convencional, y desvía la atención del objeto principal de la controversia, que es si existe o no vida humana en el embrión, antes de su implantación en el útero.”

Otros autores como David del Fresno (Cfr.: “El Imperio de la muerte”), son más tajantes a este respecto: “La afirmación de la OMS es, como mínimo, una estupidez. ¿Qué importancia tiene que el ser humano se encuentre en las trompas de Falopio, o unos centímetros más lejos? Es el mismo ser humano en ambos casos. La esencia del ser humano no depende del lugar donde éste se encuentre, ni del volumen que ocupe.”

En realidad, los dirigentes de la OMS saben perfectamente que tras la fecundación ya hay otro nuevo ser humano. Lo que sucede es que, por motivos puramente ideológicos, se ha preferido omitir la evidencia y se ha manipulado el lenguaje de manera que, mediante el uso de eufemismos, los abortivos de emergencia parezcan “simples anticonceptivos”.

Frente a estas afirmaciones de la OMS interesadamente falsas, los fabricantes de la PDD afirman sin rodeos que el mecanismo de acción de la píldora es triple, dependiendo del momento del ciclo en el que la mujer se encuentre: inhibe la ovulación si ésta todavía no se ha producido, impide la fusión de óvulo y espermatozoide si la ovulación se ha producido, e impide la implantación en el útero si la concepción se ha producido. Y es en este tercer caso cuando el efecto final es un aborto químico preimplantatorio.

Ciertamente, en algunos casos actúa como anticonceptiva pero, en otros, lo hace impidiendo la implantación del cigoto ya concebido, y ese efecto es, sin duda, abortifaciente. Los prospectos que acompañan a la mayoría de las cajas de las PDD, tienen escrito que “impiden la anidación”. Las autoridades lo reconocen, pero para justificar su difusión masiva se basan en afirmar que, “según la OMS, no son abortivas”. ¿Según la OMS? Olvidan u omiten que la OMS es un organismo político e ideológico, no científico. Sin fundamento alguno (defendiendo así su posición abortista) ha convenido en pregonar –de manera sospechosamente interesada, a nuestro juicio- que la vida humana comienza, como muy pronto, con la implantación del embrión en el útero. Dicen que antes de la implantación, ese nuevo ser vivo no es un ser humano, e hipócritamente lo llaman “preembrión”. ¿Preembrión? ¡Qué falsedad más interesada! No existe en biología ni embriología un período de preembrión: La fecundación del óvulo materno por el espermatozoide, ya forma un huevo ser humano, con los 46 cromosomas que tendrá durante toda su vida. Se trata de un verdadero ser humano, y de una verdadera persona humana.

Afortunadamente, la ciencia es clara a este respecto:

Sobre la definición de embarazo

“Algunos científicos, afirman que la píldora postcoital no es abortiva, puesto que no interfiere con un embrión ya implantado, aunque pueda actuar, de hecho, impidiendo la implantación del embrión. Estos autores no califican el mecanismo anti-implantatorio como abortivo porque consideran que el embarazo comienza con la implantación. No obstante, hoy en día, existen suficientes evidencias que demuestran que tras la fecundación se inicia una nueva vida humana” (Dra. Cristina López del Burgo, Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra).

“Deducen algunos autores que no hay interrupción del embarazo (aborto) si no se ha implantado el embrión. Este concepto, actualmente muy utilizado, se basa en una argumentación carente de toda lógica biológica, al identificar la valoración ética del aborto con la interrupción del embarazo y no con la terminación de una vida humana. Es evidente que algunos ginecólogos defienden que el embarazo, y con él la vida humana, empieza con la implantación, para así evitar la responsabilidad moral de terminar con la vida de un embrión humano antes de que se haya implantado”. (Dr. Justo Aznar, Jefe del departamento de Biopatología Clínica del Hospital La Fe, de Valencia).

Sobre sus propiedades abortivas

Según afirma el doctor Justo Aznar (Jefe del departamento de Biopatología Clínica del Hospital La Fe, de Valencia), “Entre los pocos trabajos científicos serios que existen sobre el tema, hubo tres realizados con mujeres a las que se aplicaba el método de Yuzpe (fármaco muy similar en su composición a la Norlevo, nombre comercial de la píldora del día siguiente en España). En los tres trabajos se comprobó que la píldora actuó como anticonceptivo (inhibiendo la ovulación o la concepción) sólo en el 27%, 33% y 21% de los casos. Es decir, en conjunto se puede afirmar que más del 75% de las veces la píldora evita el embarazo por un mecanismo antiimplantatorio y, por tanto, abortivo” … “Hasta aquí nos hemos referido al método de Yuzpe, pero antes de valorar la acción de la píldora compuesta únicamente por progestágenos (levonorgestrel), como es el caso del Norlevo, conviene hacer una reflexión adicional. Como se sabe, los estrógenos actúan fundamentalmente inhibiendo la ovulación y los progestágenos inhibiendo la ovulación y también la implantación. Por ello, cuando de la píldora del día siguiente se retira el estrógeno, como ocurre con el Norlevo, y solamente se utiliza un progestágeno, se refuerza su acción antiimplantatoria y se debilita su efecto anovulatorio. Esto significa que la acción antiimplantatoria que se desarrolla cuando se utilizan estrógenos y progesterona, será más marcada cuando se utilizan fármacos que únicamente contienen progestágenos, como es el caso del Norlevo, lo que en principio puede apoyar que éste fármaco debe actuar fundamentalmente por un mecanismo antiimplantorio y por tanto abortivo.”… “El principal mecanismo de acción del levonorgestrel es antiimplantatorio y por tanto abortivo.”

En opinión de la doctora Theresa Menart (Jefa del Departamento de Obstetricia y Ginecología del Hospital Huber Heights de Ohio) “El mecanismo de acción de estas píldoras incide en el revestimiento del útero, haciéndolo más delgado y limitando el acceso de sangre y nutrientes al mismo, impidiendo por tanto que el embrión se implante y anide. Una nueva vida se destruye cuando se impide la implantación. La vida empieza en la concepción, llamada también fertilización. La píldora del día después puede causar la muerte de un nuevo ser humano.”

En opinión de la doctora Cristina López del Burgo, del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, “La píldora postcoital puede evitar el embarazo a través de diversos mecanismos (inhibición o retraso de la ovulación, modificación del endometrio y de las trompas, espesamiento de la secreción cervical)”… “La modificación del endometrio, en ocasiones, dificulta la implantación de un embrión, produciéndose un aborto precoz”.

Para la doctora Susana de Vaucheret, del Consorcio de Médicos de Buenos Aires, “La PDD actúa negativamente alterando la mucosa de tal manera que el embrión que llegue al útero, no pueda implantarse. Se produce entonces un aborto.”

Píldora Postcoital y salud pública

“Algunas autoridades afirman que la libre distribución de la píldora postcoital puede ser una buena estrategia de Salud Pública para evitar los embarazos no planificados y reducir así el número de abortos, considerado un grave problema de Salud Pública. Sin embargo, no hay evidencias científicas de que esto esté ocurriendo en la realidad. Según la evidencia disponible actualmente, dispensar la PPC sin receta médica o gratuitamente aumenta su uso pero no reduce la tasa de embarazos no planificados ni de abortos. No parece, por tanto, una buena estrategia de Salud Pública para prevenir el problema del aborto.” (Dra. Cristina López del Burgo, Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra).

“Aunque no tenga un efecto abortivo en un determinado momento en una mujer, la toma de la PPC puede contribuir a un sentimiento de culpabilidad en esa mujer, puesto que puede pensar que no se ha quedado embarazada porque se ha producido el aborto. En otras ocasiones, la toma de la PPC puede conducir a una “laxitud” o “desensibilización” de la conciencia de la mujer, que sabe que aunque en ese momento puede ser abortiva, percibe que no tiene “mayores consecuencias” por lo que puede volver a usarla en repetidas ocasiones en el futuro.” (Dra. Cristina López del Burgo, Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra).

“En un estudio llevado a cabo en Inglaterra [en 2004], se entregaron a 17.831 mujeres mayores de 16 años, 5 envases de píldora postcoital para ser utilizada hasta en 5 ocasiones en sus domicilios o facilitarla a alguna amiga. Se calculó que aproximadamente 22.603 mujeres disponían de la píldora postcoital para tomarla cuando les hiciese falta y sin necesidad de acudir al médico o a una farmacia para obtenerla. Los investigadores esperaban una reducción del 15% en la tasa de abortos al facilitar el “libre acceso” a la píldora postcoital. Sin embargo, tras 2 años de seguimiento, no hubo modificaciones en la tasa de abortos. Además, otros estudios han constatado que entre las mujeres que acudían a abortar era más frecuente haber tomado la PPC. Se puede concluir que, según la evidencia disponible actualmente, tener acceso directo a la PPC no parece ser una buena estrategia de Salud Pública para reducir los embarazos no planificados y, consecuentemente, el número de abortos.” (Dra. Cristina López del Burgo, Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública, Universidad de Navarra).

Objeción de conciencia

Según los razonamientos expuestos en párrafos anteriores, el siguiente paso es determinar si en el caso de la venta de fármacos abortivos puede aplicarse la objeción de conciencia. Merece la pena recordar a este respecto que hace ya algunos años algunos gobiernos autonómicos españoles anunciaron la inclusión de este fármaco en el servicio público sanitario, de modo que fuese obligatoria su dispensa en las farmacias con receta médica. Algunas asociaciones de farmacéuticos, especialmente en Andalucía, alegando que se trata de una píldora abortiva, reivindicaron su derecho a la objeción de conciencia para no venderla. La reacción fue inmediata: don Francisco Vallejo, Consejero de Salud, de la Junta de Andalucía, amenazó con sanciones máximas a las farmacias que se negasen a vender la píldora.

Sin embargo, para los profesionales católicos, la objeción de conciencia ante el aborto se convierte en un grave deber moral, como ha proclamado en muchas ocasiones el Magisterio de la Iglesia y más especialmente Su Santidad el Papa Juan Pablo II. En la encíclica Evangelium Vitae, afirma: “El aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. El rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no sólo es un deber moral, sino también un derecho humano fundamental. Si no fuera así, se obligaría a la persona humana a realizar una acción intrínsecamente incompatible con su dignidad y, de este modo, su misma libertad, cuyo sentido y fin auténticos residen en su orientación a la verdad y al bien, quedaría radicalmente comprometida.”

En coherencia con el Magisterio de la Iglesia, el Consorcio de Médicos Católicos de Buenos Aires, en reunión especial realizada el día 13 de Marzo del 2007, expresó por unanimidad su oposición a la orden de las autoridades nacionales de salud argentinas (Resolución 232/2007 del Ministerio de Salud de la Nación ) de repartir libremente la PDD: “La razón de este rechazo es que la píldora, para “anticoncepción de emergencia” actúa fundamentalmente impidiendo la implantación del embrión en la mucosa del útero. Por lo tanto, a ese embrión -ser vivo y persona humana- la madre lo expulsará de su organismo como si se tratara de una menstruación. Eso, en lenguaje médico, es simplemente un aborto. Las autoridades de salud de la Nación han expresado públicamente en Formosa que “la píldora del día después no es abortiva”. Eso no es verdad. En algunos casos, la píldora puede actuar inhibiendo a los espermatozoides que quieren penetrar en el útero a través del cuello uterino, otras veces puede inhibir la ovulación (en ambas situaciones actuaría como anticonceptiva) pero en la gran mayoría de los casos, produce serias alteraciones de la mucosa uterina (en su etapa progestacional), impidiendo que el embrión -que llegó al útero a través de la Trompa de Falopio- pueda implantarse en dicha mucosa. Y si no se implanta, el embrión muere y se expulsa. Esta es toda la auténtica verdad. Las verdades a medias, son sofismas que engañan a la población.”

Fuentes Consultadas

Angela Aparisi y José López Guzmán: “La Píldora del Día Siguiente” (Madrid. Editorial Sekotia. Año 2002).

Asociación Médica Argentina de Anticoncepción (AMADA): “Anticoncepción de Emergencia” (Buenos Aires. Septiembre de 2008).

Chris Kahlenborn: “Postfertilization effect of hormonal emergency contraception”. (“Annuals of Pharmacotherapy”. Volumen 36. Año 2002. Páginas 465-70).

Consorcio de Médicos de Buenos Aires: “Declaración sobre el reparto de la PDD” (Buenos Aires. 13 de Marzo de 2007).

Cristina López del Burgo: “Píldora del Día Después: Conceptos Clave” (Ponencia presentada en el congreso multidisciplinar “Mujer y realidad del aborto”, celebrado en Cáceres, del 8 al 10 de marzo de 2007).

David del Fresno: “El Imperio de la Muerte” (Madrid. Ed. Sekotia. 2008)

Justo Aznar: “Cómo funciona la Píldora del Día Siguiente” (Ediciones Palabra. Revista “Hacer familia”. Número 104).

Management Sciences for Health: “International Drug Price Indicator Guide 2006”. Arlington, USA. ISBN 0-913723.

Natalia López Moratalla: “Los quince primeros días de una vida humana.” (Pamplona. EUNSA. Año 2004).

Organización Mundial de la Salud: “Aborto sin riesgos: Guía técnica y de programas de salud” (Ginebra. 2003).

Organización Mundial de la Salud: “Anticoncepción de emergencia: Guía para la prestación de servicios” (Ginebra. 1999).

Theresa Menart: “La Pildora del Día Después” (Ohio. Ediciones OMSoul. Año 2003

Fe católica y foros de internet

23 Mayo 2009

Fernando Pascual. El mundo de internet deja abiertos amplios espacios a la participación de los usuarios. Blogs, foros, facebook, noticias comentadas, viven gracias a las ideas, dudas, propuestas, de miles de personas que intervienen sobre los temas más variados.

¿Cómo valorar estas posibilidades desde el punto de vista de la fe católica? ¿Son una ayuda o pueden crear situaciones problemáticas a la hora de comprender la doctrina de Cristo y de vivir mejor las enseñanzas de la Iglesia?

Pensemos, por ejemplo, en algunos foros católicos. Llegan allí personas que expresan sus dudas, sus ideas, sus propuestas. Otros responden, algunos con buena formación, otros con errores más o menos graves. El resultado puede ser confuso o claro: todo depende de quiénes escriben y cómo lo hacen.

Así, encontramos en los foros temas como los siguientes: “¿vale el bautismo de los niños? ¿Tiene sentido el celibato en el mundo moderno? ¿Por qué la Iglesia se opone al uso de preservativos? ¿No habría que disolver las conferencias episcopales? ¿Todo lo que dice la Biblia vale igual? ¿Por qué Dios creó a Judas si sabía que iba a traicionar a Cristo? ¿Por qué no vender los tesoros de la Iglesia para dar comida a los pobres? ¿Qué ocurriría si el Papa negase un dogma del Credo? ¿Hay que dar siempre limosna a los pobres que encontramos por la calle?”

La cantidad de preguntas y de temas que se plantean es casi infinita, como también la variedad de respuestas que se ofrecen.

Con personas preparadas, con católicos que han estudiado su fe y que la aman, las respuestas y las conversaciones pueden ser provechosas y enriquecer a muchos (participantes o lectores “pasivos”). Especialmente si la sana doctrina está unida a la caridad: poco logra un forista bien preparado pero lleno de actitudes intolerantes y agresivas hacia quienes tienen dudas o errores en su mente débil y confundida.

La situación es muy distinta si la mayoría de los participantes no tienen casi formación católica o si albergan en su corazón ideas erróneas sobre su fe. Al dar respuestas, al contribuir a las discusiones, lo único que harán es confundir más a personas ya de por sí llenas de dudas. Al leer la participación de quien se declara católico pero no lo es a fondo, esas personas darán por buenas respuestas imprecisas o erróneas, en ocasiones claramente contrarias a la fe.

Ocurre, en otros casos, que el mismo modo de plantear las preguntas y de someterlas a la discusión lleva a dos peligros no siempre puestos en evidencia.

El primero consiste en afrontar los temas de la fe según una mentalidad “democrática”. ¿Cómo ocurre esto? El foro, el chat, la apertura a las participaciones, aceptan como “regla” que cada usuario puede dar libremente su opinión, expresar sus dudas o sus intuiciones, en el respeto de algunas normas de comportamiento, de “etiqueta”. Poco a poco casi todo el mundo de la fe es visto como espacio abierto a la discusión, en el que unos dicen una cosa, otros la opuesta, y no falta quien se declara “católico abierto” o “católico maduro” porque se siente “preparado” para negar elementos esenciales de la Revelación que nos llega a través de Jesucristo.

Es triste constatar, por ejemplo, la presencia de foristas en internet que, apoyados en libros erróneos o en profesores “católicos”, van contra la doctrina del pecado original, de la Redención, de la divinidad de Cristo, del origen sobrenatural de la Iglesia; o contra el celibato sacerdotal, la infalibilidad del Papa, la indisolubilidad del matrimonio; o que están a favor del aborto, del divorcio, del disenso de la Iglesia. Otros rechazan el Concilio Vaticano II como si fuera obra del diablo, o critican todas las reformas litúrgicas aprobadas por el Papa y los obispos que actúan legítimamente. Otros toman actitudes sincretistas, y mezclan con plena paz de la conciencia ideas del Evangelio con enseñanzas budistas. No faltan quienes tienen la costumbre de despreciar, ironizar, incluso insultar a obispos, a sacerdotes, a religiosos o a laicos de modo sistemático, y crean una mentalidad de “partido”: los que piensan como ese forista o ese autor de un blog, los que están en contra.

El resultado de un fenómeno tan caótico es desolador, y refleja en parte (porque los foristas son, por ahora, un porcentaje pequeño de personas) la confusión en la que viven millones de bautizados.

El segundo peligro surge cuando algunos suponen que recurrir a una página de internet sería suficiente para resolver las propias dudas en temas religiosos. Esto sería verdad en parte si la página (foro, blog, etc.) contase, como dijimos antes, con personas bien preparadas, con moderadores atentos y disponibles, y con una dirección dotada de auténtico sentido de Iglesia.

Pero eso no basta, pues muchas de esas dudas podrían resolverse simplemente y con mayor seguridad a través de la lectura de la Biblia, del Catecismo de la Iglesia católica, de los documentos de los Papas y de los Concilios. Recurrir a un foro para preguntar si Cristo murió por los pecados del mundo o sólo para dar ejemplo es insuficiente, cuando tal doctrina queda clara si se acude al propio párroco, a un catequista bien formado o a los numerosos documentos de la Iglesia.

Ocurre, por desgracia, que algunos sacerdotes no enseñan la sana doctrina, o que llegan incluso a defender ideas heréticas. Pasó desde los inicios de la Iglesia, pasa ahora y, tristemente, es muy probable que siga pasando en el futuro. Pero también es verdad que la acción del Espíritu Santo en el Papa, en los obispos, en los sacerdotes y religiosos, en miles y miles de catequistas y agentes de pastoral, garantiza la sana doctrina y la ofrece a todas aquellas personas de buena voluntad que quieren conocer el camino enseñado por Jesucristo.

Conservar la fe católica es posible desde un uso inteligente y ponderado de las nuevas posibilidades que ofrece el mundo participativo de internet. Conocer las riquezas y los límites de ese mundo permitirá discernir cuándo un foro o un chat sirve de ayuda y cuándo es mejor dejarlo de lado para invertir el propio tiempo en lecturas serias y en momentos de diálogo fecundo con quienes, por su amor a Cristo y a la Iglesia, ofrecen con sus labios y con su corazón la auténtica doctrina de nuestra fe católica.

fpa@arcol.org