Abortos, diálogos inútiles

6 Junio 2009 por revistagama

Alejo Fernández Pérez.- Busco en Internet, en Google y en español la palabra “Aborto” y en 0,36 segundos aparecen hasta 9.000.000 de  escritos,  sin utilizar los nombres correspondientes a cada idioma. ¿Por qué este interés y esta pasión?

En el año 1978 nuestro filósofo Julián Marías escribía: “me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo.” Más grave que la suma de todas las guerras, revoluciones y muertes  habidas durante el siglo XX.

Jamás en la historia de la humanidad ningún pueblo, civilización  o raza  ha fomentado o legislado a favor de los abortos. Siempre se ha considerado un crimen y como tal tratado. Por supuesto siempre ha existido, pero como existe el robo, el asesinato, el engaño, la prostitución  y otras lacras sociales, combatidas en todos los casos por la sociedad y los gobiernos.

Sin embargo, desde hace pocos años, parece como si el mundo se hubiese vuelto loco. A lo bueno, se llama malo; y a lo malo, bueno. Los Diez Mandamientos,  los Derechos Humanos, los frenos morales y toda moral se están tirando por la ventana.

Tras el paso de la Revolución Francesa, del comunismo y de sus primos hermanos: socialismo, progresismo y otros ismos; la filosofía de la Nueva Era y del relativismo moral se están imponiendo. Todo se explica y todo vale si de alguna forma nos favorece.

El aborto, antes tan denostado y perseguido, ahora es un “derecho de la mujer”, “una liberación”, el feto no es más que un tumor y el bebe un estorbo y fastidio para disfrutar de la vida.

Se castiga a quien, pudiendo, no evita que una persona se suicide o muera en un accidente; pero se premia a quienes los matan por miles en los vientres de sus madres.

Gobiernos satánicos se empeñan en ver blanco, lo negro. Y así, ningún diálogo es ni será  posible.

El hombre sin Dios se convierte en Señor de la vida y de la muerte. La ONU, UNESCO, docenas de organizaciones no gubernamentales, multinacionales y sectas variadas pro-muerte;  todos con mucho dinero fuerzan a las naciones necesitadas a legalizar el aborto libre, la eutanasia, las manipulaciones con embriones, y si no, ¡no hay dinero para ellas!

Un río de sangre clama al cielo y, sin embargo, hay quien se empeña en justificar lo injustificable. El aborto es un problema esencialmente antropológico, humano. Las religiones solo añaden una razón más, un mandamiento divino: no matarás, el primero y fundamental de todos los derechos.

Con los terroristas se acabó todo diálogo. ¿Y vamos a dialogar  con los asesinos de los millones de bebés no nacidos  anualmente? A estas alturas todo diálogo con los pro-muerte, todas las razones y argumentos son totalmente inútiles.

A ellos no les guía la razón sino un odio satánico al Dios de Israel y a su descendencia, los cristianos. Hacen falta algo más que diálogos y razones.

En democracia, la única solución sería que los pro-vida ganen las próximas elecciones; mientras tanto, solo nos queda rezar para que el diablo salga de los partidarios de la muerte, entre los cuales Satanás ha ganado una gran batalla: ha conseguido que no se hable de él, que parezca que no existe, para obrar sin temores

Padres, novios, amigos y maridos desinformados han sido embaucados por una masiva y brutal propaganda abortista, que los ha llevado a ellos y a ellas a ponerse en manos de médicos desaprensivos, que se han hecho millonarios; mientras tanto, las jóvenes que abortaron se enfrentan durante años a traumas y arrepentimientos  inacabables.

No les habían hablado más que de la necesidad de abortar  en nombre de la libertad, de la igualdad, de los derechos de la mujer, de la justicia, de la democracia, del bienestar físico y de mil “mandangas” más con las que intentan justificar el horror de la muerte de bebés a los que hay que destrozar, picar y tirar por los desagües para no pagar impuestos. En Internet, en YouTube, se encuentra docenas de videos tan repugnantes como impresionantes.

Todo esto ha sido posible porque, previamente, políticos, multinacionales farmacéuticas, industrias del condón y organizaciones interesadas  han creado un ambiente propicio durante mucho tiempo. Han adormecido las conciencias con las drogas, el botellón, el sexo, el dinero, la tele,  el todo vale y el ¿qué tiene esto de malo? Tiene de malo que la eterna raza de los fariseos de todos los colores, esa “raza de víboras” que vive de los pobres, los indefensos y los incultos no se conmueve por un muerto más o menos y viven de las matanzas de los inocentes.

Cuentan que algunas de las mujeres y participantes en los abortos se han despertado, sobresaltados, a media noche, ante una muchedumbre de cadáveres de bebés destrozados y en pié ante ellos. En la penumbra ,callados, miraban a sus asesinos.

No decían nada porque habían muerto antes de aprender a hablar. Durante unos segundos  eternos, miraron  a sus matadores y lentamente desaparecieron como habían llegado. ¿Por qué no se les advirtió que miles de familias están dispuestas a acoger a esos niños? ¿Por qué se las impulsó con rapidez a la muerte sin alternativas? ¿Sólo por dinero? Ante el aborto no hay más que una postura: ¡NO! ¡NUNCA! ¡JAMÁS

El periodista

6 Junio 2009 por revistagama

Dr. Jorge Lobo Aragón.-    Se concibe el periodismo sólo como la posibilidad de poner por escrito la curiosidad por la vida. Allí, en las aulas, y en el camino de la vida recién se entiende lo que es el periodista; una vocación que empalmaba muy bien con el temperamento y afanes, porque sin duda alguna al periodista le mueve una pulsión batalladora, de lucha, de escrutinio, de cuestionamiento de por qué las cosas son así y no de otra manera.

El periodismo es una actividad vital, que necesita de energía y valentía, porque es búsqueda de lo que está desordenado, oscuro, oculto. Organiza la realidad para que otros la entiendan, saca a la luz lo que otros quieren que quede velado, celebra también la vida y sus logros, aunque de esto se ocupen ya muy pocos. Esta tarea no es fácil, sobre todo en nuestro país donde la miseria humana ha ganado tanto espacio en todas las instancias.

El periodista tiene un compromiso con la sociedad. Cuando se olvida de ella y se adosa a otros intereses se corrompe. Asumir este reto no es fácil para un periodista al que le bordean otros imperativos, no sólo de su propia actividad (la estresante rapidez de la publicación, la escasez de tiempo y recursos para investigar, entre otros) sino anexos a ella, como ganarle a la competencia o tener el mejor rating o ventas, ventajas que al periodista le darán crédito o prestigio como buen profesional que sabe su oficio. A ello se suma para el desánimo: los sueldos a ras de suelo y las inacabables jornadas de trabajo.

A pesar de todo lo dicho, en nuestro país y en estos momentos, el periodismo es una de las actividades profesionales más apreciadas por cualesquiera. La razón es muy simple, el periodismo es distinguido con una importante credibilidad ante los públicos, y la sociedad toda.

También debemos entender que como el que suscribe esta nota hay muchos “improvisados” que están en los medios de comunicación fungiendo de periodistas: sociólogos, psicólogos, economistas, abogados, ingenieros; profesionales -y caras bonitas- que tendrán su valor pero que sólo intuyen lo que es el periodismo, razón por la cual lo que para un periodista es claro, se vuelve borroso y difuso para ellos.

Pero lo triste y deleznable, son aquellos que reducen la actividad periodística a una mecánica de mercadeo: la información es un producto de oferta y demanda. Que vende lo espectacular, lo morboso, lo escandaloso, pues eso se oferta.

Otra razón de inestabilidad se produce a veces dentro de las propias empresas de medios, de parte de directivos, que dirigen no sólo el estado de cuentas de la empresa, sino que acartonan la información y la opinión de los periodistas, y solamente se sostienen por intereses políticos, económicos, de clase, y otros, que son los cernideros de todo lo que el periodista lleva a la sala de redacción.

Y, finalmente, está la actitud de algunos periodistas poco combativos para luchar por la verdad fáctica, que es conocimiento. Aquellos conformistas que sólo se convierten en meros vehículos de lleva y trae, sin que se mojen en un compromiso por esclarecer las situaciones, los grandes problemas, sobre las que el lector está desorientado.

El buen periodista es acucioso en la investigación de las fuentes, que son las que muchas veces le dan cebo de culebra para desorientarle y manejarle a su antojo. Sólo el conocimiento de la vida y el hombre nos vuelve zahoríes, a no ser que la necedad haya nacido con nosotros. Pero el periodista, sobre todo, será honesto con respecto a su propia percepción de la realidad. Él, que la vive y la palpa.

Son periodistas, el caldero de la profesión, otros, como el que escribe, tratando de mostrar su experiencia de vida y profesional, pero todos, creo yo, con la misma vocación para que la realidad se torne en mensajes útiles que le sirvan al ciudadano para mantenerse enterado de lo que le rodea, sobre todo de aquello que le incumbe para saber decidir en torno a su vida y a su comunidad.

Gracias señor periodista, por todo los que nos dan, y más que nada para aquellos que viven esa pasión inquietante por quitar los velos que ponen todos aquellos que maquiavélicamente nos quieren ocultar o disfrazar lo que es de nuestro interés.

Con Obama, ¿qué vendrá después?

6 Junio 2009 por revistagama

Carolina Garza de López.-  En su toma de posesión como presidente de los Estados Unidos, Barack Obama proclamó y resaltó una idea que hizo eco alrededor del planeta.

Más allá de un discurso centrado en el orden económico, Obama hizo énfasis en la crisis de valores que llevó a su país a violar incluso los derechos humanos que tanto se enorgullecían de defender.

Los valores de los que depende el éxito, afirmó Obama en Washington, son viejos pero “son verdaderos”: “…sepan ustedes que América es la amiga de cada nación y cada hombre, mujer y niño que persigue un futuro de paz y dignidad”, declaró.

Sin embargo, a los tres días de aquel elocuente discurso, el Presidente dio marcha atrás. Sus acciones lo dijeron todo: América ya no es amiga de todos los niños, ni defiende la dignidad de todos ellos. Esto lo expresó sin palabras al momento de revocar la prohibición de destinar fondos federales a las organizaciones que promueven el aborto en países en vías de desarrollo. También lo hizo al aprobar la investigación y manipulación de células embrionarias.

Aunque parezca mentira,  la decisión de revocar la conocida como “Política Ciudad de México”, que puso en marcha el ex presidente George Bush hace ocho años,  se hizo pública el tercer día de mandato del nuevo presidente.

Cabe recordar que el cardenal Francis George, arzobispo de Chicago y presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos,  había escrito a Obama antes de la inauguración de su mandato,  pidiéndole que mantuviera la política de su antecesor ante el aborto.

Es por eso que cientos de personas defensoras de la vida de los no nacidos hoy nos preguntamos: ¿cómo es posible que después de su discurso inicial como Presidente de los Estados Unidos, en pro de rescatar los valores,  Obama se pronuncie a favor de la extinción de lo nonatos y la manipulación genética de embriones?

Hay analistas convencidos que las políticas antivida y antifamilia de los demócratas,  pesaron más en el nuevo presidente estadounidense que los supuestos principios y convicciones que manifestó tener y defender durante su campaña y en su toma de posesión.

Además de eso, hay algo más: Barack Hussein Obama también olvida de pronto seguir el pensamiento de Abraham Lincoln, el ex presidente de quien se dice ferviente admirador al grado de haber hecho el juramento presidencial sobre su Biblia.

Sería bueno recordarle a Obama que una de las virtudes más destacadas de Lincoln fue precisamente su compasión hacia los más desprotegidos, en especial a los niños y a las viudas.

Cuentan sus biógrafos que Abraham Lincoln siempre se conmovió por el sufrimiento ajeno. “Lo comprendía y además lo compartía”. Así lo demuestran algunas de sus cartas,  como aquella que escribió a una viuda de Boston, la señora Bixby, quien perdió a dos de sus hijos en el campo de batalla.

El escritor William Bennett,  en uno de sus libros transcribe la carta enviada por Lincoln a la viuda, el 21 de noviembre de 1864. Y dice en uno de sus párrafos: “Sé cuán inane e infructuosa ha de parecer cualquier palabra mía que intente distraerla de su aflicción por una pérdida tan abrumadora,  pero no puedo abstenerme de ofrecerle el consuelo… ruego al Padre Celestial pueda aplacar la angustia de su pérdida, y le deje sólo el afectuoso recuerdo de los seres queridos y perdidos, y el solemne orgullo que debe usted sentir al haber realizado un sacrificio tan costoso en el altar de la libertad”.

De ahí la incógnita: ¿y en dónde quedó la compasión del presidente actual de los Estados Unidos hacia los más débiles y desprotegidos? ¿Si esto les hace a los nonatos que hará con los ancianos o los inmigrantes ilegales?

El caso es que sólo han pasado meses desde que Obama asumió la presidencia de su país,  y las expectativas sobre su llegada a la Casa Blanca, en cuanto a las políticas a favor de la vida,  ya no son alentadoras sino todo lo contrario.

Cuesta trabajo creer que sólo bastaron unos días para que el Presidente demócrata echara por la borda su discurso sobre valores y derechos humanos.

Me pregunto: si abolir la restricción de otorgar fondos económicos a entidades extranjeras que promueven el aborto, y la autorización de destruir embriones para su investigación, son uno de los primeros actos de Obama, ¿qué vendrá después?

Droga para uso personal: ¿despenalizarla?

6 Junio 2009 por revistagama

Fernando Pascual .- ¿Cómo afrontar el hecho de que muchas personas tengan consigo droga para uso personal? El estado, ¿tiene la obligación de castigar a quienes poseen pequeñas cantidades de droga? ¿No debería más bien perseguir sólo a los traficantes y dejar tranquilos a los consumidores particulares, muchos de ellos víctimas de la drogadicción?

La pregunta se repite en diversos contextos y exige una respuesta, pues según la misma los legisladores y los gobiernos, la policía y los jueces, podrán actuar de modo tempestivo y con la eficacia que se espera para el bien de las personas y de toda la sociedad.

Es oportuno evidenciar que la “droga en el bolsillo” no se reduce a la problemática que pueda tener el consumidor (ocasional o habitual, en sus momentos iniciales o ya sumergido en la dependencia), sino que involucra de modo más o menos directo a otras personas: al productor de droga, al traficante, a los que la venden como “mayoristas” o como minoristas, a los familiares del “consumidor”, a las estructuras sanitarias (que atienden a cientos, incluso miles, de adictos), a los educadores y amigos, a los compañeros de trabajo, etc.

Además, el tema “droga” toca muchas dimensiones, físicas, psíquicas, espirituales, familiares, escolares, sociales, culturales, económicas, políticas, etc. Por lo mismo, hablar sobre el consumo personal de drogas en su dimensión legal, dejando de lado los demás contextos, es siempre algo insuficiente y parcial, aunque resulta útil centrarse en el mismo para analizarlo en profundidad. En ocasiones será posible aludir a otras dimensiones del fenómeno, pero por motivos de brevedad concentraremos la atención en la relevancia jurídica que nace del hecho de tener droga para uso personal.

Partimos de una reflexión a la que se recurre al tocar esta temática. Sabemos que no todo lo éticamente incorrecto debería convertirse en algo punible por la ley. Al mismo tiempo, todo lo que sea o pueda llegar a ser peligroso para terceras personas, y en algunos casos también para uno mismo, es no sólo éticamente incorrecto, sino también algo que va contra la justicia y el orden social, por lo que las autoridades tienen la obligación de intervenir para impedir daños y para castigar a quienes promueven o ejecutan actuaciones de ese tipo.

Expliquemos más a fondo esta idea. Existen miles de comportamientos erróneos e inmorales sobre los que el estado no tiene que intervenir. Por ejemplo, si uno es egoísta y en casa escoge siempre la fruta más sabrosa y deja la peor a los demás, si no ayuda en las tareas familiares porque prefiere “navegar” en internet, si no hace los deberes universitarios, si grita al vecino porque tiene un perro que ladra mucho…

Esas y otras muchas situaciones parecidas tienen un peso social reducido, no dañan la justicia de modo relevante. Sería absurdo proponer intervenciones policiales y juicios en los tribunales (de por sí ya saturados, en muchos países, por todo tipo de querellas) para eliminar ese tipo de comportamientos. Nadie irá a un juzgado porque no visitó a un amigo enfermo, aunque éticamente es bueno no dejar solos a quienes necesitan más ayuda. Pedir que el estado intervenga en comportamientos de este estilo llevaría, además, a una inflación del poder público que llegaría a asfixiar casi por completo la legítima libertad de las personas y de los grupos sociales.

Otros comportamientos, en cambio, implican daños sociales de importancia, hieren derechos de otras personas, promueven el desorden, alimentan la delincuencia, socavan los cimientos en los que se construye la sociedad. Ante los mismos el estado tiene la obligación de intervenir con leyes concretas y con acciones “represivas”, en orden a impedir tales comportamientos y a castigar a quienes los ejecuten.

Apliquemos lo anterior a un tema concreto: la posesión de armas de fuego. ¿Es lícito adquirirlas libremente, conservarlas en el propio hogar, o incluso llevarlas consigo en la calle, en el trabajo, en lugares públicos?

En Estados Unidos, con ciertos límites, se ha dado una respuesta más bien afirmativa a algunas de estas preguntas. Los resultados, sin embargo, no son muy halagüeños. En otros lugares, la respuesta ha sido claramente negativa en la mayoría de los casos, para evitar situaciones de peligro. Los estados “prohibicionistas” tienen que combatir, desde luego, la posibilidad de un tráfico ilegal de armas, que se concreta allí donde exista una mayor “demanda” de posesión de tales armas.

Añadimos, porque es algo que algunos olvidan y que aplicaremos al tema de la droga, que el simple hecho de legalizar la posesión de ciertas armas de fuego no elimina el tráfico y la venta ilegales de las mismas. Existen muchos productos legalizados (un caso clásico es el del tabaco) sobre los que existe todo un mundo sumamente rentable de ventas clandestinas.

No faltan quienes argumentan que impedir por ley a la gente llevar su propia pistola por la calle va contra el derecho a la autodefensa o contra el derecho a poseer y usar un bien particular. Pero el legislador de muchos estados considera que llevar armas coloca a las personas en una situación de peligro, e interviene, por lo tanto, con medidas prohibitivas, aunque esta intervención sea vista, por algunos, como “liberticida”. En realidad, lo que se busca es garantizar el bien común y la convivencia pacífica entre las personas.

El criterio de fondo en este tipo de intervenciones legislativas y jurídicas es el siguiente: el estado no puede permitir que los individuos, amparados en presuntos derechos personales, tengan pertenencias o realicen comportamientos (inclusive a través del simple uso de la palabra: es delito en muchos lugares la apología del terrorismo o del racismo) que implican peligros potenciales o daños concretos a la salud, a la vida, a la fama y a otros derechos fundamentales de algunos seres humanos. Por lo mismo, allí donde un comportamiento o un objeto particular signifique un primer paso para el desorden social, para el daño (de relevancia) de otros (a veces, también, de un mismo), es plenamente lícito, incluso es un deber ineludible, intervenir de modo represivo, sea evitando las situaciones de peligro, sea castigando a quienes violan las leyes (en el caso de las armas, a través de la tenencia, producción y comercio de armas ilícitas).

Con la reflexión que acabamos de ofrecer podemos afrontar ahora el tema de la droga, y volvemos a las preguntas iniciales. ¿Es lícito que el estado establezca leyes prohibitivas y penalice el hecho de poseer droga para uso personal? ¿No sería mejor que las leyes permitiesen a las personas particulares llevar consigo “cantidades mínimas” de drogas (estupefacientes, psicotrópicos, etc.) para uso y consumo personal?

Para agilizar el desarrollo de las reflexiones, hablaré de “droga personal” para referirme a cantidades de droga en posesión de una persona que se supone sirven sólo para el propio uso y consumo.

El camino hacia la respuesta supone una reflexión atenta sobre la posible peligrosidad social del consumo de drogas. Ha quedado claro que el estado no interviene (no debería intervenir) en aquellas situaciones éticamente reprobables que no tengan relevancia social. ¿Es tan peligrosa la “droga personal” como para justificar una intervención “represiva” contra la misma?

Es oportuno poner ante nuestros ojos los distintas niveles del problema droga. Uno de ellos sería el nivel fisiológico: analizar los componentes de las diversas drogas y sus efectos en el organismo humano. Otro sería el nivel psicológico: estudiar los efectos de las drogas en el desarrollo o “involución” de la personalidad de quienes las consumen, especialmente cuando provocan dependencia psicológica (que puede o no estar acompañada de dependencia fisiológica). Otro sería el nivel social: evidenciar en qué sentido el consumo de drogas modifica las relaciones con los demás, enrarece las relaciones familiares y de otro tipo, llevando a situaciones de enorme daño para las distintas personas que están más o menos cerca de quien vive esclavo del mundo de la droga.

El nivel social incluye también la actividad económica que permite la adquisición de la “droga personal”, actividad que, en cuanto demanda, despierta en algunas personas interesadas y hábiles el deseo de corresponder a esa demanda con la “oferta” de drogas, obtenidas por caminos, en muchos países, ilegales, con lo que implica de fomento de la criminalidad organizada (narcotraficantes, grupos terroristas financiados a través de la droga, mafias de diverso tipo, etc.). Además, el consumidor de drogas, sobre todo si se encuentra en una fase de dependencia aguda (estado de drogadicción) puede incurrir en delitos más o menos graves para conseguir el dinero que necesita para seguir comprando drogas.

Distinguir los niveles ayuda, ciertamente, a clarificar las reflexiones y a discutir de modo ordenado. Pero en el ser humano esos niveles se dan relacionados: lo que ocurre en la propia sangre o en las neuronas lleva consigo consecuencias psicológicas y comportamentales, que repercuten en la vida social, etc. Al revés, una situación de tensión familiar o de desazón psicológica puede preparar a una persona a introducirse en el mundo de la droga o del abuso de bebidas alcohólicas, provocando así reacciones en cadena que pueden agravar y empeorar la situación.

Fijémonos ahora en el nivel fisiológico. Sabemos que un alimento normal, tomado en cantidades excesivas o según la situación particular en la que se encuentre una persona concreta, puede convertirse en fuente de enfermedades o incluso provocar la muerte. El diabético, por ejemplo, es consciente de que no debe tomar azúcar u otros alimentos. ¿Son las drogas sustancias que pueden ser vistas como alimentos o sustancias “normales” para la gente en general, y sólo peligrosas para algunas personas concretas?

No es fácil responder ante la gran variedad de drogas que existen y las que puedan aparecer en el futuro. Complexivamente podemos dar una respuesta negativa: las drogas provocan importantes alteraciones en el organismo, daños a corto o a largo plazo en el cerebro, estados de alteración más o menos graves en el comportamiento. Conllevan, además, el peligro de inducir a una creciente dependencia o al paso de drogas “menos peligrosas” a drogas más peligrosas. Añadimos aquí que la distinción entre “drogas blandas” y “drogas duras” ha sido puesta en discusión y se prefiere más bien clasificar las drogas según los efectos farmacológicos y psicológicos que cada sustancia produce en el organismo humano.

Por lo que respecta a las alteraciones psicológicas y comportamentales que produce la droga, vemos cómo en muchos casos son asimilables a las que produce el exceso de alcohol. Si reconocemos que el abuso de bebidas alcohólicas ya está ampliamente penalizado en muchos lugares del mundo precisamente por la peligrosidad social que se genera a causa de las borracheras, entonces es fácil concluir que la “droga personal”, en cuanto sustancia peligrosa, exige una intervención penal en vistas a apartar a las personas de su consumo y a evitar los daños sociales que se siguen del mismo.

Desde luego, la penalización del consumo de droga implica automáticamente la prohibición de su venta, de su comercialización y de su producción, siempre que tales actividades estén orientadas a abastecer el mercado de la “droga personal”. No se excluye, lo cual toca decidir a las autoridades después de haber escuchado a los expertos en medicina, el que algunas drogas concretas puedan ser usadas (producidas, comercializadas) como sustancias farmacéuticas y con un estricto control médico y social, para evitar el que lleguen a ser vendidas con otros fines.

Respecto a la posibilidad de que algunas drogas pudieran ser vendidas legalmente en el mercado, la situación mundial nos muestra un claro predominio de la posición prohibicionista: numerosos países del mundo consideran ilegal y persiguen la producción, la importación, la venta de drogas.

Diversas conferencias internacionales han llegado a conclusiones y acuerdos claramente prohibicionistas. Podríamos evocar la que tuvo lugar en Shanghai (1909) contra el opio, sobre la que hablaremos en seguida. Otras conferencias sucesivas han confirmado la misma línea de acción. Podemos recordar las dos más recientes: los acuerdos de la Asamblea general de las Naciones Unidas de 1998, que aspiraban, de un modo idealístico, a conseguir un mundo sin drogas en el siguiente decenio; y los de Viena de marzo de 2009, claramente orientados en clave prohibicionista.

No faltan, sin embargo, propuestas y leyes a nivel de estados concretos o incluso a nivel internacional a favor de la legalización o despenalización de la “droga personal”, incluso manteniendo un marco político general “prohibicionista” respecto de la producción y tráfico de drogas.

Los argumentos que se dan a favor de estas propuestas son diversos. El primero simplemente dice que las leyes prohibicionistas en este ámbito no han solucionado nada, y que cada día son más las personas que usan la droga, sea como consumidores ocasionales, sea como drogadictos, con las consecuencias dramáticas que produce la dependencia en cada persona que incurre en esta situación (para algunos, equivalente a pleno título a una enfermedad).

Este argumento valdría si ofreciese datos concretos. La realidad, sin embargo, es bastante compleja. Hay países en los que ha disminuido el consumo de ciertas drogas, ha aumentado el de otras, etc. En Italia, por ejemplo, el número de muertes por uso de drogas llegó a ser de 1566 en el año 1996, y bajó a 516 en 2002. Si se comparan estas cifras con las cantidades de drogas secuestradas por la policía, que en 1996 retiró del mercado 1270 kilos de heroína, y 2584 kilos en 2002, se comprende que a mayor acción represiva se obtiene una menor cantidad de víctimas de la droga (cf. http://www.iss.it/ofad/docu/cont.php?id=84&lang=1&tipo=8).

Además, la historia demuestra de modo claro que la legalización de la droga ha llevado a efectos desastrosos. Bastaría con evocar la situación que se vivía en China a inicios del siglo XX, a causa de leyes por las cuales el opio podía ser comercializado y vendido con un amplio espacio de libertad en el territorio chino, leyes impuestas, en buena parte, por intervención (incluso militar) de Gran Bretaña y de algunos de sus aliados.

Se llegó, en esa época, a un consumo masivo de la droga en China y a una producción mundial de 40 mil toneladas anuales. Desde la Conferencia de Shanghai (1909) se pusieron en marcha acuerdos y leyes prohibicionistas, que lograron excelentes resultados. Actualmente (un dato de 2007) la producción mundial de opio es “sólo” de 10 mil toneladas anuales (con una población mundial muy superior a la que había hace 100 años). Es decir, el prohibicionismo redujo el consumo y, consiguientemente, redujo grandemente la producción y el tráfico de opio, que ahora se produce en su mayor parte (un 95 %) en Afganistán (un país que vive una grave situación de inestabilidad política y militar).

En otros lugares ha habido legislaciones a favor de no penalizar (o liberalizar) el consumo de algunas drogas en lugares específicos. Un caso famoso es el de Holanda, que permite desde hace décadas la venta de marihuana y hachís en lugares concretos (los “coffeeshops”), pero sin llegar a una legalización abierta de estos productos (el consumo de los mismos en la calle puede ser sancionado con multa), y en donde cada vez hay más voces que piden un cambio de estrategia hacia un prohibicionismo más duro. Otro caso es el de Suecia: se permitió el consumo de ciertas drogas en los años 60 del siglo XX, pero luego se cambió la política y se volvió a penalizar el consumo de drogas, a través de la obligación de participar en programas de rehabilitación para drogadictos.

Otro argumento que se usa para legalizar/despenalizar la “droga personal” se coloca en un planteamiento de tipo práctico o eficientista: las autoridades deberían concentrar su atención en los traficantes de droga y en los productores, y no dispersar energías persiguiendo o castigando a los consumidores, muchos de los cuales son víctimas, seres enfermos, que no pueden prescindir del uso de la droga.

Este planteamiento corre el peligro de no dar su peso a la relación que existe entre oferta y demanda, a la que ya aludimos antes. Si existe una alta demanda de droga, habrá siempre quien se esfuerce por aumentar la oferta y facilitar así a los consumidores aquello que desean. Una vez que se incrementa la costumbre de consumir sustancias tan peligrosas y adictivas como las drogas es inevitable la caída en la dependencia, con toda la serie de males que conlleva, y la demanda se dispara, para beneficio del mundo subterráneo, y muy poderoso, del narcotráfico y de la criminalidad organizada.

Al tocar este tema no falta quien evoca la experiencia prohibicionista (la “ley seca”) contra las bebidas alcohólicas en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Luchar contra la demanda a través de la ilegalización de la oferta resultó claramente ineficaz, porque la demanda “alimentó” y fomentó el que la producción y ventas de bebidas alcohólicas pasase de la legalidad a la clandestinidad.

Para responder a esta “objeción”, conviene señalar, ante todo, que una costumbre sumamente arraigada en la vida social no puede eliminarse de modo rápido y efectivo con unas leyes, aunque nazcan de muy buenas intenciones.

Al prohibir la venta de bebidas alcohólicas, no se eliminó de golpe la demanda, apoyada en la costumbre. Para atenderla, el mundo de la delincuencia, que ya existía cuando muchas bebidas alcohólicas eran legales, encontró una ocasión única para incrementar enormemente sus ganancias a través del tráfico ilegal de bebidas alcohólicas. Pero hay que recordar que los delincuentes no “perdieron su trabajo” cuando en Estados Unidos se permitió de nuevo la venta de bebidas alcohólicas. Continuaron en parte el tráfico ilegal de algunas de esas bebidas, y orientaron sus energías criminales a otros sectores (drogas, prostitución, etc.) más “rentables”. Creer que legalizar la droga es quitar fuerza a las mafias que la controlan es una utopía que desconoce la malicia de los criminales.

Hay que añadir otro aspecto que va contra la analogía de quienes comparar la prohibición de las “drogas personales” con la “ley seca”. Algunas bebidas alcohólicas pueden ser consumidas de modo moderado y según una sana disciplina, mientras que la mayoría de las drogas actúan sobre el cuerpo humano y sobre la psicología de un modo mucho más peligroso que lo que pueda hacer un uso adecuado de vino o de cerveza.

Además, el consumo “legal” de bebidas alcohólicas está sujeto en muchos lugares del mundo a restricciones y a medidas penales. Por ejemplo, hay países que prohíben la venta de tales bebidas en determinados locales, a partir de cierta hora de la noche, para los menores de edad, etc. En general, está terminantemente prohibido tomar el volante de un coche o de otro medio de transporte con un determinado nivel de alcohol en la sangre, y se imponen penas severas a los infractores. Si existe multas, e incluso cárcel, a quien conduce un coche en estado de embriaguez, ¿no resultaría paradójico permitir que los conductores pudieran tener a la mano y consumir drogas potencialmente más peligrosas que ciertos niveles de abuso de bebidas alcohólicas?

No nos dejemos engañar: ciertos usos del alcohol (y del tabaco, de un modo semejante en algunos aspectos) están fuertemente “controlados”, incluso penalizados, por numerosas leyes, en cuanto sustancias que pueden provocar daños a otras personas. Es cierto que un consumo moderado de estas sustancias puede no resultar peligroso para los demás, aunque a veces provoque daños en el consumidor. Pero aquí entramos en el punto sobre el que reflexionamos al inicio: el estado no prohíbe todo lo que sea éticamente incorrecto, sino sólo aquellos comportamientos que provocan situaciones de peligro o daños directos a otras personas o de cierta gravedad para uno mismo. El abuso de alcohol es uno de esos comportamientos que puede ser (y que ya es) penalizado por la ley. ¿No vale lo mismo para la “droga personal”?

Por todo lo expuesto, creemos posible dar respuesta a la pregunta inicial: ¿el estado tiene obligación de castigar a quienes poseen pequeñas cantidades de droga? Sí, porque la “droga personal” no sólo provoca graves daños personales, a nivel fisiológico y comportamental, sino que lleva a graves daños sociales, en dos niveles. Un nivel de daños surge desde la misma alteración fisiológica y psíquica: quien consume drogas llega con facilidad a situaciones de semi-inconsciencia o de euforia que afectan, incluso gravemente, a otras personas. Otro nivel nace del simple hecho que consumir droga sólo es posible después de haber comprado droga (una sustancia ilegal); es decir, la compra de drogas alimenta y sostiene el mundo de la delincuencia, una delincuencia sumamente peligrosa, como se está demostrando en la existencia de mafias y de grupos terroristas alimentados con el tráfico de drogas, y que han alcanzado un poder económico tan elevado que puede poner en peligro la vida y la estabilidad de algunos estados del planeta.

Bastaría este segundo nivel (sin dejar de lado el primero) para prohibir la “droga personal”. Porque una persona llega a conseguir un producto ilegal si lo ha comprado (directamente o a través de otros) en el mundo de la delincuencia y la ilegalidad, en el reino del poder del narcotráfico. Este simple motivo, sin desconocer todos los daños personales y sociales que genera la drogadicción, y sin dejar de lado los enormes costos sanitarios que suponen para la administración pública el tener que crear y mantener estructuras para atender a los drogadictos, bastaría para considerar necesario la intervención punitiva contra quienes colaboran con la criminalidad al adquirir “droga personal”.

Por lo mismo, la lucha contra la droga, contra quienes hacen negocio desde la venta de sustancias destinadas a destruir física o psíquicamente a las personas (es decir, desde la venta de auténticos venenos), sin olvidar los enormes perjuicios y las situaciones dramáticas que viven los familiares de los drogadictos, no puede dejar de lado una justa intervención del estado contra la demanda, que incluye penalizar a quienes tienen “droga personal”.

Luchar contra la droga en su punto de partida, la demanda, es necesario añadirlo, no implica limitarse a medidas penales contra los consumidores, muchos de los cuales compran droga desde una situación de enfermedad. El drogadicto ha de ser visto, siempre, como persona, con toda su dignidad, y como enfermo, en el cuerpo y en el alma. Es por ello que la pena que se imponga a quienes tengan “droga personal” ha de adecuarse a las distintas situaciones, y no debe ser nunca motivo para impedir un buen tratamiento sanitario y/o psicológico, sin excluir la dimensión espiritual, que tanto ayuda a muchas personas para salir del túnel de las dependencias.

Por lo mismo, las medidas represivas deben ser una parte importante, útil ciertamente, sobre todo contra los productores y vendedores de droga, pero también contra los consumidores, en la lucha contra esta plaga. Pero deben estar acompañada por campañas de prevención, especialmente respecto de los más jóvenes y vulnerables, y de una justa atención a quien vive como enfermo a causa de su condición de drogadicto. Sobre esto habría mucho que añadir, pero lo dejamos por razón de brevedad.

Hay un punto ulterior que merece ser aclarado: el hecho de que existan países en los que se mezclan de algún modo castigos y tratamientos médicos. Existen leyes, por ejemplo en Italia, que penalizan de diversos modos la posesión de “droga personal”, pero que permiten eludir los castigos penales si el “delincuente” acepta acudir a un centro de rehabilitación para toxicodependientes. Este tipo de medidas arranca de una buena intención pero corre el riesgo de hacer ver el tratamiento como una especie de castigo (o un sucedáneo del mismo). En realidad, conviene distinguir bien los dos niveles de intervención, pues, como ya hemos dicho, el drogadicto merece siempre ser tratado como enfermo, y nunca debe ser privado de los tratamientos que necesita si por delitos graves (robos, etc.) va a la cárcel. Igualmente, ofrecer el tratamiento como “alternativa” al castigo puede hacer ver el mismo tratamiento como castigo, provocando en muchas personas una actitud de rechazo hacia el mismo. Sobre estas últimas reflexiones, son de gran interés las ideas ofrecidas por Vittorino Andreoli, un famoso psiquiatra italiano, en su obra Carissimo amico. Lettera sulla droga (Rizzoli, Milano 2009).

En conclusión, ¿hay que despenalizar la droga para uso personal? No. Lo que sí es urgente es promover una sociedad con valores y principios claros, que permita a jóvenes y adultos vivir sanamente, y que les aparte de las redes de las dependencias (droga, alcohol, prostitución, etc.) que provocan enormes daños individuales y sociales, y que alimentan un mundo de delincuencia que no puede coexistir con un estado sano.

Prohibir la “droga personal” es sólo un aspecto, importante ciertamente, de la lucha contra la droga. Saber integrarlo con otras acciones, según una visión equilibrada sobre lo que significa la vida humana y sobre las virtudes que llevan a un desarrollo integral de la propia personalidad, es uno de los grandes retos que deben asumir todos los que, de cualquier forma, intervienen en la tarea educativa: la familia, la escuela, los grupos parroquiales y religiosos, las asociaciones privadas, la empresa y los sindicatos, las administraciones públicas (municipios, regiones, estados). Lo merecen las nuevas generaciones y los adultos, y lo agradeceremos todos. Sólo así será posible avanzar hacia lo que en 1998, y quizá, por desgracia todavía hoy, parecía una utopía, pero no lo es: conseguir un mundo sin drogas

Ninguna institución enseña lo que la familia puede enseñar

6 Junio 2009 por revistagama

Norma Mendoza-Alexandry.-  ¡Ninguna institución enseña lo que la familia puede enseñar! ¿Nos damos cuenta de la responsabilidad que esto implica? ¿Responsabilidad de quién?

La responsabilidad es obviamente de los adultos, en la familia, principalmente del padre y de la madre unidos en matrimonio, quienes acogen con y en el amor a los nuevos seres humanos a quienes han de criar.

Pero también había que pensar que si partimos del hecho internacionalmente reconocido de que la familia es la base de la sociedad, entonces deben intervenir todas las instituciones para su asistencia, protección,  defensa y conservación en cuanto a las condiciones política, social, económica, etc. de la vida y de las familias.

La institución familiar es la que introduce al ser humano en el mundo de los valores, ya que cuenta con el invaluable recurso de los vínculos emocionales más profundos e interviene en el desenvolvimiento de la persona. La familia como institución requiere que se hagan posibles en todo momento el respeto a los derechos humanos, requiere ser reconocida como “capital social” de importancia primordial. Las políticas pro-familia que deben ser sumamente activas e incentivadas deben tener propuestas tanto sociales como económicas en el mercado laboral.

En cuanto a la asistencia social, no se trata solamente del llamado “welferism”, es decir, políticas sectoriales con fines politiqueros, sino efectivas políticas sociales que abarquen la protección del matrimonio de un hombre con una mujer y la protección de la infancia a través de la familia.

Es imprescindible, además, que la familia sea considerada como una verdadera empresa en crecimiento, de tal modo que sus integrantes sean estimulados: por ejemplo el reconocimiento del valor del trabajo de la mujer en el hogar.

La familia debe ser reconocida como pilar social en la comunidad de federaciones, pero además como garante de tradiciones, como patrimonio que sobrepasa los bienes materiales.

Para forjar un nuevo humanismo, para el logro de la disminución de la violencia, para contar con mejores ciudadanos se necesita de la familia, tal la persona  -  tal la familia  -  tal la sociedad.

La familia es insustituible para la formación de la persona como lugar de encuentro inter-generacional, es escuela de solidaridad y de evangelización.

Es la familia el hábitat natural para nacer, crecer y morir como personas. Hoy las ciencias del espíritu han sido acalladas, muchas de las características de la sociedad no son favorables a la familia. Al progreso social se ha impuesto la materialización, es decir, tener más y más; consumismo, masificación de la sociedad y por tanto, despersonalización. Se hacen a un lado muchísimos estudios sociológicos que demuestran que para cada persona la familia es la más valorada en el conjunto de la sociedad. Se nos impone un lenguaje que contrapone a la familia y al mismo tiempo hay inexistencia de suficientes políticas de Estado, lo que causa la inhibición social de las familias.

¿Nos hemos preguntado si las políticas de “perspectiva de género” se encaminan al logro de la ‘igualdad’ solamente o a la liberación de la mujer?  ¿Desean liberarla de su intrínseco y natural sentido de maternidad y femineidad? ¿Por qué tanta discrepancia en cuanto a los nuevos programas en “educación sexual”?

La mujer, es verdad, tiene derecho a obtener en igualdad de circunstancias, un trabajo y salario equivalente al del varón y también a lograr sus ambiciones de éxito profesional, pero ¿cuántas de ellas hacen a un lado la idea de querer ser madres?

Muchas de ellas solteras después de los treinta y tantos, se cuestionan si pueden ser fértiles y si su prioridad de llegar al tope máximo de sus carreras valió la pena. Quizá también se pregunten por qué el plan educativo que les presentó la escuela fue únicamente con un cariz varonil  en ‘igualdad’ de circunstancias, siendo que la mujer tiene sus propias características y ni en el mundo laboral se reconocen sus diferencias.

Quizá entonces dirán similarmente a una reconocida feminista en su madurez  -Betty Friedan-  quien estuvo al frente de la llamada “revolución feminista” :  “Fue emocionante al principio incursionar en campos adonde la mujer no había llegado hasta entonces. Hoy es sólo un trabajo. Pero la devastadora soledad es peor. ¡Debe haber una mejor manera de vivir!”.

Redescubrir la importancia de la familia, fin importante que incluye: la educación de los hijos, la igualdad del reconocimiento laboral (público y privado) del hombre y de la mujer; acceso a la vida social incluyendo el concepto de que la igualdad significa la posibilidad de incorporación a las formas de vida existentes pero considerando que la igualdad, para realizarse, implica un cambio social más profundo relacionado con los valores, y por tanto:  garantizar un entorno social-humanitario familiar de alcance multiplicador en todos sentidos: económico (vivienda digna, servicios); educativo integral (considerando las dimensiones de la persona humana); cultural (cívico, de convivencia y respeto hacia los demás); familiar (cooperación continua con padres de familia); servicios (no con finalidad individual sino familiar); política global, que tenga como eje a la familia como sujeto social.

“Debemos transitar de la sociedad del bienestar, al bienestar de la sociedad”, escribía  el profesor Xavier Escrivá.

Fácil es decirlo, pero sobrevienen una serie de retos, entre ellos:

1.    Fortalecer a la familia en su desarrollo humano y social.

2.    Fortalecer a la familia en mayor autonomía para el desarrollo de sus funciones: ética de la sexualidad, trasmisión de la vida, cohesión intergeneracional, mediación de conflictos, educación y formación.

Profundizar en el significado de la ‘igualdad’ entre hombre y mujer implica necesariamente el reconocimiento de la ‘diferencia’, pero también en su ‘complementariedad’.

Tras la dicotomía igualdad/diferencia, hemos de aproximarnos a superar las imposiciones radicales feministas internacionales, superar las deficiencias del Estado liberal y del Estado de bienestar y revisar en qué medida éstos responden a que dichos modelos no han resuelto  el problema de un auténtico sustento y patrocinio de la institución familiar

Ante el enfermo terminal

6 Junio 2009 por revistagama


Fernando Pascual.-    Los progresos en medicina han cambiado la vida de muchas personas. Son notables los avances técnicos de los últimos 100 años. Gracias a descubrimientos y a aparatos altamente sofisticados, enfermedades antes incurables pueden ser vencidas o, al menos, pueden evitarse muertes prematuras.

Junto al desarrollo técnico, la ética ha tenido que ofrecer sus reflexiones sobre los valores y los principios que deben acompañar el ejercicio de la medicina.

Existen, sin embargo, situaciones en las que no resulta claro hasta dónde debería llegar la intervención médica, o cuál debería ser la mejor manera de tratar a un enfermo. De manera especial, cuando el equipo médico no puede curar a una persona y la enfermedad avanza inexorablemente, surgen no pocas veces dudas sobre hasta dónde sea lícito actuar, y cuándo habría que suspender terapias ineficaces, costosas o dañinas para el mismo enfermo al que se pretende ayudar.

No es fácil ofrecer criterios generales para las distintas situaciones por las que atraviesan los enfermos terminales. Vamos a limitarnos a recorrer algunos principios que son en parte el resultado de la reflexión ética elaborada recientemente.

El primer criterio nos dice que cada enfermo conserva siempre su dignidad mientras conserve la vida que le permite seguir entre nosotros. Por lo mismo, merece el máximo respeto y las mejores atenciones médicas, psicológicas, afectivas.

Imaginemos un enfermo que sufre mucho, que depende de complicados aparatos, que necesita la ayuda de calmantes que a veces lo privan de la plena conciencia, que debe recibir frecuentes transfusiones de sangre. Este enfermo no puede ser visto simplemente como “una cama ocupada” o como un “gasto excesivo” para el hospital. Debemos recordar siempre que estamos ante un ser humano que merece respeto y amor. Considerar que su vida vale menos porque no es productiva, o porque no puede realizar muchas actividades humanas, o porque depende de la ayuda de la ciencia médica y de tecnologías más o menos costosas, es caer en una mentalidad discriminatoria que ha provocado injusticias sumamente graves a lo largo de la historia humana.

El segundo criterio depende en parte del anterior: el enfermo ha de ser informado de su estado de salud y de las alternativas que la moderna medicina ofrece para atender la última etapa de su vida. Esta información debería incluir aquellas terapias experimentales que tal vez serían capaces de lograr un importante beneficio terapéutico, aunque no haya certeza sobre este punto. A partir de la información recibida, el enfermo debe ser escuchado y comprendido en sus deseos y aspiraciones, incluso cuando rechaza algún tratamiento que puede ser visto como excesivamente doloroso. Sin embargo, cuando el enfermo pide al equipo médico que realice algún acto que vaya contra la ética médica (como, por ejemplo, un suicidio asistido o un acto de eutanasia), tal petición no debe ser atendida, en cuanto contraria al respeto debido al mismo enfermo (necesitado, en esas ocasiones, de una especial ayuda espiritual y psicológica).

Son muchos los casos, especialmente cuando se pierde completamente la conciencia, en los que el enfermo no podrá manifestar su parecer. En tales casos, toca a los familiares determinar con los médicos el mejor tratamiento a seguir, siempre en vistas a lograr buenos resultados según el estado general del enfermo y los progresos actuales de la medicina.

El tercer criterio nos recuerda la obligación moral de omitir aquellos actos técnicos que llevan a prolongar la agonía innecesariamente o a aumentar los dolores del enfermo sin ningún beneficio para su salud. Es decir, hay que evitar cualquier tipo de “ensañamiento terapéutico”.

¿Cómo saber si este acto médico es excesivo, es ensañamiento? A través de la constatación de dos aspectos: primeramente, por su ineficacia (no produce la curación o no conduce a una mejora sustancial); en segundo lugar, por producir graves dolores para el paciente (algo recogido también en la doctrina católica, como podemos leer en la encíclica de Juan Pablo II Evangelium vitae, n. 65).

El cuarto criterio nos dice que deben ser aplicados en favor del enfermo todos aquellos tratamientos que puedan aliviar su dolor y hacer más llevadero el decurso de su enfermedad en la etapa final. Tales tratamientos necesitan ser valorados atentamente en función de los beneficios concretos que se espera produzcan en el enfermo terminal. En concreto, respecto a cualquier posible tratamiento, habría que considerar:

-De qué tipo de acto terapéutico se trata: uso de un calmante, una operación quirúrgica, etcétera.

-El grado de dificultad y riesgos que conlleva.

-Los gastos que supone (para el enfermo, para la familia, para la sociedad).

-Las posibilidades de su aplicación en esta situación concreta.

-El resultado esperado según las condiciones del enfermo, su estado de ánimo, sus fuerzas físicas, etcétera.

Junto a los tratamientos orientados a la curación y a la paliación del dolor (a través del uso de analgésicos y calmantes), existen una serie de atenciones que deben ser ofrecidas siempre, como la nutrición/hidratación, la atención del dolor y la higiene física. Omitir estos tratamientos implica abandonar al enfermo a su suerte y provocarle, por omisión, la muerte; es decir, esta omisión se convierte en un acto de eutanasia, en un homicidio.

Otra obligación del personal médico consiste en la prevención y tratamiento de eventuales llagas que puedan formarse si el enfermo está demasiado tiempo en la cama, etcétera.

En cambio, merece una valoración distinta, según cada caso, el uso de medios más complejos, como la diálisis, las transfusiones de sangre, la ventilación mecánica, el recurso a un pulmón artificial.

Respecto al tratamiento del dolor, conviene recordar que el enfermo puede decidir, si es consciente, la renuncia en parte al mismo, sobre todo si quiere conservar la lucidez mental o si quiere dar algún sentido religioso o ético a su sufrimiento. Pero también puede pedir sin ningún remordimiento de conciencia una mayor atención a sus dolencias mediante el uso de analgésicos eficaces. Incluso los médicos pueden facilitar estas medicinas a pesar de que pueden reducir, indirectamente, la duración de la agonía. No pueden, sin embargo, dar una dosis excesiva de analgésicos con la intención explícita de provocar la muerte del enfermo.

Es oportuno añadir, al concluir estas reflexiones, que la medicina puede ayudar mucho al enfermo en su etapa final. Pero a pesar de los progresos técnicos, el dolor y la muerte serán siempre un misterio ante el cual todos sentimos una invitación a valorar con mayor conciencia la belleza de la vida, y a interrogarnos sobre su sentido y su significado más profundo. A la vez, no debería faltar nunca junto al enfermo el acompañamiento del afecto de los familiares y amigos, un acompañamiento que es capaz de producir en ocasiones un alivio mucho mayor que el que pueda ser resultado de un aumento de la dosis de calmantes

El informe irlandés

6 Junio 2009 por revistagama


Diego Contreras. www.laiglesiaenlaprensa.com -    Voy a decirlo antes para evitar equívocos: un caso de abuso ya es demasiado. No es posible disminuir la importancia de lo que reporta el informe de la Comisión de investigación irlandesa sobre abusos contra niños. Al mismo tiempo, como se trata de un texto larguísimo (cinco volúmenes, 2.575 páginas), presumo que poca gente lo ha leído, incluidos la gran mayoría de los que han escrito sobre el tema en la prensa. Yo solo he leído el resumen sintético, que ocupa 30 páginas.

El informe se basa en el testimonio de 1090 personas y cubre desde 1914 hasta el año 2000, aunque el periodo más destacado es desde 1936. Se estudia la situación educativa de los internados irlandeses, masculinos y femeninos, llevados por congregaciones religiosas [no me queda claro si no existían de titularidad  estatal].

El informe explica que  usa el término  abuso en su acepción más amplia: no se refiere solo a abuso sexual sino, sobre todo, a abuso físico (castigos, violencia), psicológico y, en general, dejadez, abandono, malas condiciones de vida, alimento, bajo nivel sanitario. El informe no incluye ningún nombre de víctimas ni de culpables, y no tiene una finalidad judicial. Lo que pretende es aliviar, con este reconocimiento, las penas de las víctimas y evitar que situaciones similares se puedan repetir en el futuro.

Del total de centros femeninos, se acusa a tres personas de haber cometidos abusos sexuales: las tres son laicas, trabajadores de  los centros. En el caso de los centros masculinos: se mencionan abusos sexuales cometidos por 23 religiosos, de los que la mitad se concentran en dos de los doce centros de los que se ocupa el informe. Hay dos centros donde no especifica el número de religiosos implicados. En cuatro centros los abusos fueron cometidos no por los religiosos sino por residentes/colegiales de cursos superiores.

El resumen dice que “los testigos afirmaron haber sido sometidos a abusos sexuales por religiosos y por personal laico en las escuelas e instituciones y por co-residentes y otros, incluyendo profesionales, tanto externos como internos de las instituciones. También afirmaron haber sido abusados sexualmente por miembros del público en general, incluyendo trabajadores sociales, visitantes, empleados, familias de acogida”. Se denuncia, sobre todo, la ineficacia de los organismos públicos, y de la misma sociedad y las familias, pues todo parece indicar que muchos de los abusos eran conocidos. Se ve que la depravación está más extendida socialmente de lo que se cree; el problema no es específico de los religiosos, aunque el foco mediático sólo se haya puesto en el clero.  El examen de conciencia toca a todos

¿Abrir la mente?

6 Junio 2009 por revistagama

Dr. Max Silva Abbott.-   Como se sabe, recientemente la Universidad de Notre Dame ha otorgado el doctorado “honoris causa” a Barak Obama. Situación increíble, a decir verdad, en atención a la política absoluta y frontalmente antivida que ha mostrado tener el homenajeado.

Pero además, en el discurso preparado para la ocasión, el galardonado sugirió que era necesario un diálogo abierto para acercar a las posiciones irreconciliables respecto del aborto, e incluso que quienes se oponen al mismo debían “abrir la mente” en este sentido.

¿Abrir la mete? La frase parece no sólo curiosa, sino ofensiva. ¿Abrir la mente? En realidad, no hay nada más opuesto a “abrir la mente” que abogar por el aborto. ¿Por qué? Porque al contrario de lo que se sugiere en este discurso, lo que ha constituido tal vez una de las mayores pruebas en nuestra historia de una auténtica apertura de mente, ha sido precisamente el reconocimiento –no la invención– de la universalidad de la calidad humana y, por tanto, de persona de todos los hombres: en suma, de nuestra común dignidad.

De esta manera, instituciones que antes contaron con la promoción, el beneplácito o incluso la aceptación pasiva de muchos, como la esclavitud, por ejemplo, fueron abolidas, precisamente porque en razón de una auténtica “apertura de mente”, nos dimos cuenta que por muchos intereses involucrados que existieran a su respecto, la dignidad humana la hacía ilícita. Y lo mismo puede decirse respecto del canibalismo, los sacrificios humanos o la libertad de conciencia.

“Abrir la mente” no significa creerse con el derecho para determinar qué es real y qué no mediante un consenso cualquiera, mudable y muchas veces incentivado por los intereses más perversos y ocultos. Al contrario: “abrir la mente” apunta a reconocer lo que las cosas son, no a quedarse encerrados en nuestras conveniencias o en nuestros moldes ideológicos. “Abrir la mente” es dejar de lado los propios intereses, si con ellos se afecta injustamente a nuestros semejantes, y equivale dar un paso notable de generosidad y objetividad. “Abrir la mente” consiste, justamente, en ponerse en el lugar del otro.

Con el criterio de Obama, siempre sería posible criticar a los adversarios y exigirles que “abran su mente” para cualquier cosa. Mas, ¿consideraría alguien que es “abrir la mente” permitir la esclavitud, la tortura o la pedofilia? ¿O es que el pensamiento único que pretende imponerse quiere además eliminar a los que piensan distinto?

Es por eso que resulta absurdo pretender que hay que “abrir la mente” para aceptar el aborto. En realidad, es una cerrazón completa a la verdad y de paso, una maliciosa manipulación de los argumentos que resulta al menos irónica, cuando no intolerable

Esas conversiones que nos interpelan a preguntarnos sobre la fe

6 Junio 2009 por revistagama

Jorge Enrique Mújica

Comenta éste y otros artículos entrando en  www.blogs.catholic.net/jorgeenriquemujica

En diversos diarios y programas pululan esas noticias que pintan la fe como una tragedia o como fuente de puras tristezas. “La gente ya no cree”, nos dicen, y omiten toda referencia a esos testimonios luminosos y atractivos de quienes han abrazado la fe de manera gozosa, viviéndola con alegría.

Conversiones que terminaron en entrega total a Dios

Manuel Viego vivió del dinero, el sexo y la droga. Hoy es un feliz sacerdote católico del Principado de Asturias, en España. Desde joven se alejó de Dios hasta que ese mismo Dios le salió de nuevo al paso. Fue en la Semana Santa de 1992 en Tenerife. Era un viernes santo. Se había emborrachado y drogado… “Me sentí muy mal. Me di cuenta que nada de aquello me hacia feliz […] entonces vi una iglesia cerrada y pensé que a lo mejor mi madre tenía razón y Dios existía”. No todo quedó en la reflexión: “Si existes tú es tu momento –le dijo Manuel a Dios–. He hecho de todo y no consigo ser feliz”. Recordaba todavía el Avemaría y la rezó.

“Y resultó que Dios existía. Sentí que Dios estaba a mi lado, que me acompañaba y me decía “levántate y anda”. Esa experiencia me cambió. Al día siguiente, sábado santo, fui a una iglesia, consulté los horarios de misa, hablé con un sacerdote. Y me pareció que todo era mensajes de Dios para mí”, reveló en una entrevista al periodista Pablo Ginés.

Pero siguió un proceso que le llevó a la Renovación Carismática y luego al seminario de Sigüenza. Finalmente fue ordenado en abril de 2005.

Sor Anna reza con el cuerpo. Antes de dar su “sí” a Cristo en la vida religiosa, Anna Nobili fue bailarina de lap-dance animando las noches de las discotecas milanesas. “Estaba tirando mi vida en el alcohol y el sexo, sin amor verdadero”, relató sor Anna al periódico italiano La Repubblica (Cf. 03.04.2009). El giro de 180 grados comenzó con una visita a la tierra natal de san Francisco de Asís. De regreso a Milán, “sentí que Dios estaba dentro de mí. Había renacido, estaba transfigurada”.

Hoy es una religiosa de la Congregación de las Obreras de la Santa Casa de Jerusalén. “Después de una bella conversión, sor Anna es ahora una monja santa que ama mucho al Señor”, declaró sor Paula, la superiora de Anna. Y agrega: “Ha creado una escuela que se llama Holy Dance donde ayuda a los niños a hacer catequesis a través de la danza”.

Juan no era budista, pero desde los 7 años repetía oraciones sentado en posición de loto. De familia católica, aunque no practicante, a los 8 años un lama tibetano le dijo que era la reencarnación de un lama del siglo IV. Tras 7 años de formación, a los 15 fue oficialmente un maestro budista, un lama sanador al que frecuentemente le llevaban enfermos.

Hace algunos años un matrimonio le llevó a su hija. Tras 13 horas de ritual budista no consiguió nada. “Entonces la madre habló en español, lengua que no conocía, y dijo: “¡En el nombre de Jesús libera a mi hija!”. Madre e hija cayeron inconscientes –relata Juan–. Al despertar la niña estaba completamente sanada y la madre no recordaba haber dicho nada”. Meses después un mendigo le regaló un libro: era la Biblia. La abrió al azar y sus ojos leyeron el texto del milagro de Jesús en Gerasa. Ahora, con 26 años, Juan está en un seminario católico.

John Pridmore fue un matón de discoteca que encontró a Dios a la una y media de la mañana. Inglés de nacimiento, vivió el divorcio de sus padres cuando contaba 10 años. “Decidí conscientemente no amar nunca más”, relató en el testimonio que ofreció a miles de jóvenes católicos en la pasada Jornada Mundial de la Juventud en Sydney.

Comenzó a robar a los 13 años y a los 15 ya había pisado un centro para menores infractores. A los 19 años ya estaba en la cárcel, con una creciente y merecida fama de peleonero que le llevó a meterse en círculos de venta de droga, palizas por encargo y asesinato de personas.

Creía que lo tenía todo. Después de una paliza en que acuchilló a varios, aunque no los mató, vinieron a su mente varias reflexiones: “¿Por qué no soy feliz?, ¿por qué estoy tan furioso?”. En el libro From Gangland to Promises Land relata lo que sucedió la noche de unos días después: “Estaba en mi piso, sentado, solo. Me sentía deprimido y vacío. Entonces, oí lo que solo puedo definir como una voz. Me decía las peores cosas que yo había hecho. Pensé que era la televisión y la apagué, pero la voz seguía. ¿Es que me estaba volviendo loco? Entonces algo hizo “clic” en mí: era la voz de Dios en mi conciencia. No podía respirar, era como si me estuviese muriendo. Un miedo terrible me aferró. ¿Me voy al infierno?, pensé. Caí de rodillas y las lágrimas asomaron a mis ojos. ¡Dame otra oportunidad!, lloré. De repente, un calor increíble se apoderó de mí y el miedo se evaporó. En ese momento supe que Dios es real. Me consumía un sentimiento sobrecogedor de amor. Entendí por primera vez que Dios me amaba”.

John se confesó y dejó la vida de gánster. Como tenía pendiente una temporada en prisión, la transcurrió en una atmósfera de oración. Después entró de novicio con los franciscanos de la renovación y, actualmente, pertenece a la comunidad de san Patricio, un grupo de laicos evangelizadores en Irlanda.

Bandidos, actrices, artistas, políticos y filósofos que ya creen

Dave Blakeney fue traficante de esclavos. En enero de 2009 AlphaNews ofreció el testimonio de este inglés converso quien, después de una vida de lujos, violencia, droga y mendicidad, abrazó la fe en Cristo.

Dave entró en el ejército inglés a los 16 años. En 1973, con 23, comenzó su trabajo como guarda minero en Sudáfrica. Pero al poco tiempo de llegar se hizo mercenario en el ejército angoleño por 250 libras semanales. Sólo duró un mes. Después se dedicaría al robo de oro, diamantes y trata de esclavos: “Nos daban una libreta con una lista de gente y nos la llevábamos de ahí donde la encontrábamos, en la aldea, en el río… Después los vendíamos…”.

Después de un año como traficante, un guerrillero lo atacó, cortó dos de sus dedos y clavó el cuchillo en el estómago: “Mis intestinos se estaban saliendo y yo intentaba mantenerlos dentro. No me dolía pero chillé histéricamente. Un compañero me lo metió todo dentro y me llevó en helicóptero a un misionero médico, le puso una pistola en la cabeza y le dijo que si moría, él también. El doctor puso todo en su sitio y me cosió […] mis órganos internos no quedaron dañados. Si había un Dios, debía estar cuidándome. Sé que debería estar muerto”, relata Dave.

Posteriormente se dedicó a falsificar cheques, drogarse y vender drogas. Se casó con una drogadicta jamaiquina y pasó 7 años en la cárcel por administrar una sobredosis de heroína a un pedófilo. Cuando salió de la cárcel, en 2002, abandonó a su esposa. Sin dinero en los bolsillos, solo y sin rumbo de vida, conoció en Manchester al grupo Alpha. Ahí inició el proceso de conversión, si bien continuaba drogándose ocasionalmente. Durante este proceso una constante en su vida fue la siguiente oración: “Aquí me tienes, Dios. Hazme entender eso de tu hijo, porque yo no lo veo en absoluto. Si me lo haces entender, lo lograré. Gracias. Amén”.

El día llegó. Tras cuatro meses de esa oración sencilla y con 53 años, Dave entendió por qué Cristo había muerto por él. Su vida cambió. Logró un trabajo honrado y se bautizó el domingo de Pascua de 2003. “Ahora rezo cada día y leo la Biblia cada mañana”, asegura Dave Blakeney.

Claudia Koll es una reconocida actriz italiana cuya conversión no ha dejado indiferente a la sociedad de ese país. Oriunda de Roma, estudió actuación con Susan Strasberg y Geladine Banon en el Drama Course y con Yves Le Baron en Le Coq School. Su primer papel protagónico fue en una película erótica en 1992, Cosí fan Tutte, del director Tinto Brass. Junto a Antonio Banderas protagonizó El joven Mussolini.

No obstante su cada vez más prometedora trayectoria, se percató de que algo falta en su vida: “Un día entré en la iglesia de santa Anastasia, en Roma. Buscaba de alguna manera la ayuda de Dios. Se me acercó un sacerdote y me dijo: “¿qué quiere de Él?”. Yo le dije: “Nada. Soy una pecadora”. Cuando me hizo la señal de la cruz en la frente, sentí que mi corazón se abría y se llenaba de Jesús. Las rodillas se me doblaron, me tuve que sentar y empecé a llorar”.

Aquel momento fue la causa que llevó a Claudia a ya no desnudarse en el cine y a hacerse formadora de una nueva generación de actrices con principios. Ha impulsado la Star Rose Academy, además de ayudar en como voluntaria en brigadas de ayuda que van a África. “Por sed de amor me vi envuelta en historias equivocadas. Quería probar emociones fuertes pero nadie me realmente me había enseñado a vivir. Lo más extraordinario para mí ha sido descubrir que el Señor venía en mi ayuda, a pesar de mi condición de gran pecadora”, relata Koll.

“Para mí, el arte cristiano, especialmente los iconos rusos y los cuadros del Renacimiento italiano, se ha convertido en un camino hacia el espacio de la vida de Dios”. Son palabras de Natalia Fedorova Brovskaja, profesora de la Universidad Estatal Rusa de Humanidades y de la Academia de Bellas Artes de Rusia en el pasado Sínodo sobre la Palabra de Dios que se tuvo en 2008 en el Vaticano. ¿Qué tienen de extraordinario esas palabras? Natalia nos lo explica: “Nací en la Unión Soviética, el país del ateísmo de Estado. Nunca pensé en Dios y nadie me habló de Él, excepto las obras de arte, la música y la literatura”.

Su honestidad y sensibilidad académica le llevaron a acoger el arte como oración, a contemplar el arte con sensibilidad espiritual y a mirar la persona del artista a la luz del amor de Dios.

Actor de Hollywood y cantante exclusivo de la firma SONY music, Marino Restrepo descubrió su verdadera misión después de un secuestro por parte de la guerrilla colombiana. “Permanecí alejado de Dios por más de 33 años, ya que desde la década de los 60 viví una vida completamente desordenada acercándome a otras iglesias y ritos paganos […] en esa época practiqué magia negra, astrología, lectura del tarot y viví lleno de supersticiones”. ¿Cómo regreso a su fe católica Marino? Así lo narra él mismo: durante el periodo del secuestro “viví una iluminación de mi conciencia. Entré en una visión en la que experimenté el juicio de mi vida ante la persona de Jesucristo como si hubiese muerto. Cuando por milagro de Dios y a pesar de estar sentenciado a muerte fui dejado libre sin explicación alguna, pude darme cuenta que ya había en mí una percepción totalmente nueva y que yo no podía mirar hacia atrás”.

Restrepo fundó “Peregrinos del amor” en 1999. Se trata de una misión a través de la cual pretende despertar en la conciencia de las personas la necesidad de una auténtica vida espiritual cimentada en Dios.

¿También hay filósofos ateos que se convierten? El caso del conocido Antony Flew es una prueba de que sí los hay.

Flew escribió, debatió y rebatió la existencia de Dios con vehemencia durante más de 50 años. En 2004, en la universidad de Nueva York, confesaría su teísmo. La razón la explicaría él mismo: “Lo que creo es que el ADN ha demostrado, debido a la increíble complejidad de los mecanismos que son necesarios para generar vida, tiene que haber participado una inteligencia superior en el funcionamiento unitario de elementos que participan en este proceso y la enorme sutileza de los modos que hacen posible que trabajen juntos. Esa gran complejidad de los mecanismos que se dan en el origen de la vida es lo que me llevó a pensar en la participación  de una inteligencia”.

En un artículo de Aceprensa (Cf. Del ADN a Dios: la conversión intelectual de Antony Flew, 18.04.2009), William West ofrece unos rasgos más de su itinerario: “Ahora creo que el universo fue fundado por una inteligencia infinita y que las intrincadas leyes del universos ponen de manifiesto lo que los científicos han llamado la Mente de Dios. Creo que la vida y la reproducción se originaron en esta fuente divina […] mi salida del ateísmo no fue provocada por ningún fenómeno nuevo ni por un argumento particular. En realidad, en las dos últimas décadas, todo el marco de mi pensamiento se ha trastocado. Esto fue consecuencia de mi permanente valoración de las pruebas de la naturaleza”.

Newt Gingrich fue cristiano baptista hasta el pasado 29 de marzo de 2009 en que fue recibido en la Iglesia católica. Gingrich fue portavoz del partido republicano durante la presidencia de Bill Clinton. Uno de los líderes actuales del partido republicano ha destacado que su conversión ha estado determinada por el papel de Benedicto XVI como actual Papa.

“No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, escribía el Papa Benedicto XVI en la Deus Caritas est, y cuán cierto se evidencia todo esto en cada uno de estos testimonio

Una veu més allà de les estreles

30 Mayo 2009 por revistagama

Juan Jesús Riveros. www.buenas-noticias.com

José María Pemán té uns versos que expressen la verdadera forma de viure: «Tot l’art de viure/ en pau i resignació /està a saber alegrar-se /en cada raig de sol».

La vida és per a ser feliç i alegrar-nos, encara que tot parega que va al revés. «Obrir-se a la vida a pesar de les dificultats, agrair el que un té i pensar en positiu, perqué si tens un problema sempre hi haurà una solució», és lo que Deya Juan Diego Alarcón quan tenia tretze anys.
¿I qui és Juan Diego? Es va estrenar sobre les nayes en deu anys i la seua veu no ha parat de cantar. Actualment té 21 anys i continua cantant. Pero, lo que cosa fa especial a Juan Diego, és la seua tenacitat i la seua visió de la vida.

Naixcut en Quito, Equador, en 1987, tenint ell tres anys, la seua família es va traslladar a Santiago de Chile. Fins a eixe moment pareixia un chiquet normal. Només patia d’una certa dificultat al pujar les escales que els mtges van diagnosticar com “Distròfia Muscular Duchenne”.
Esta malaltia debilita els músculs fins a fer-los tan dèbils que ya no sostenen el propi cos, deforma les extremitats a poc a poc, i porta a problemes respiratoris, del cor, etc. Esta situació va afectar molt tota la família, pero, en eixe moment fon quan va començar el gran desafiament de Juan Diego.

Aficionat de les cançons de Topo Gigio y Mazapán, a poc a poc fon descobrint el talent que tenia i com podia traure-li el major profit.

Als set anys va començar a usar cadira de rodes; les contínues caigudes per debilitat feya necessari donar este pas. Estudiava en l’International Preparatory School, de Santiago de Chile.
L’alegria que irradiava ho va portar portar a fer-se molts amics. Per a ell lo més important era cantar. ¿I la malaltia? Mai fon alguna cosa negativa: «yo no em pregunte per qué a mi, sino per a qué a mi», diu ell mateix.

Va començar a assistir a sessions de teràpia en l’Institut Teletón, a on va conéixer a Gerson, chicot peruà que s’encarregava de  la seua atenció física, i que també era amant de la música. Compartint molt de temps junts, aprofitaven per a cantar i el que pareixia un passatemps es va convertir en un desafiu.

En deu anys, va començar a cantar en públic. En el sopar de despedida d’un Seminari de Distròfia Muscular als Estats Units li va tocar entonar: “Yo crec que puc volar”.

Després, va compartir escenari en el cantant Alberto Plaza, en e la seua gira per Equador, a  on van aprofitar per a anar a la Fundació Guayasamín, a on van dedicar les seues cançons a un grup de persones descapacitades.

D’ací, Juan Diego trauria la idea de començar la “Casa de l’Alegria”, lloc a on es poden presentar concerts, teatres, etc. en totes les possibilitats per als invàlits, i la seua pròpia fundació, “Fundació Juan Diego, més allà de les estreles”, per a integrar i promocionar persones en alguna incapacitat.

L’any 2001, va llançar en Equador el seu primer disc, titulat “Més allà de les estreles”. Este seria el primer d’una série d’acontenyiments: fon segon puesto en el concurs lliterari “The Goic Peace”, organisat per la UNESCO; el Congrés Nacional d’Equador el va condecorar com a eixemple per a la humanitat; l’Organisació Mundial de la Salut el va condecorar en el premi “Campeó de la Salut”; ha cantat en uns quants països: va participar en el Dia Mundial de la Incapacitat, fon invitat a cantar en l’elecció de la Mis Quito, fon invitat a França per a participar en el Teletón…
És més, el passat 17 de decembre va presentar el seu segon disc: “…I seguixc” (que en la contratapa continua: “…gràcies a Deu”)…

Cada dia és un nou clarejat. Les dificultats sempre estaran ací, pero l’alegria en que les afrontem són el senyal que sempre podem anar avant; són el senyal que el futur sempre serà millor; són la senyal que hi ha algú que mos ama i que mos espera en els braços oberts. No importa com estem hui, ni el pes del fardell que portem. Com Juan Diego, sempre podem anar més allà de les estreles.

Font: http://www.juandiego.com/